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viernes, agosto 4

“Sólo Madrid es corte”



(Leído en un texto de Luis Reyes en la revista Tiempo del 4 de marzo de 2016. Aprovechando que hace poco emitieron un capítulo del Ministerio del Tiempo ambientado en esta época...)

Madrid, 4 de marzo de 1606. Tras llevar la capital a Valladolid en 1601, el valido Lerma la devuelve a Madrid.

Historia corte vitae, la Historia es maestra de la vida, dijo Cicerón. La especulación salvaje y su burbuja inmobiliaria, que tanto nos ha perjudicado al llegar la crisis económica, no es algo nunca visto en España. Fue mucho más escandalosa a principios del siglo XVII, cuando el duque de Lerma, todopoderoso valido del débil Felipe III, trasladó la Corte de Madrid a Valladolid y, a los cinco años, la trajo de vuelta a Madrid. Ha sido el mayor pelotazo de España.

Una corte real estable era una de las condiciones del Estado moderno, y así lo vio Felipe II desde el principio de su reinado. El viejo uso castellano era tener una corte itinerante, lógico en un reino que, a causa de la Reconquista, experimentó en la Edad Media un proceso de expansión territorial permanente. La Reconquista se terminó en 1492, coincidiendo con el principio de la Edad Moderna, pero ni los Reyes Católicos ni sus inmediatos sucesores abandonaron la itinerancia. Es más, Carlos V la llevó al paroxismo, pues además de rey de España era emperador de Alemania y soberano de los Países Bajos.
Carlos arrastró a su hijo Felipe a este ir de un lado a otro. En 1548, tras haber ejercido de regente en ausencia de Carlos, Felipe salió también de España y durante más de una década anduvo casi todo el tiempo por Europa. Es significativo que la corona española la recibiese en 1556 en Bruselas, donde abdicó Carlos V. No supuso eso su vuelta inmediata a la península, antes de ello fue a Francia como invasor victorioso, o a Inglaterra como rey. Por fin en 1559 regresó a España, y ya no saldría de ella más que para anexionarse Portugal. Significativamente, antes de volver, desde Bruselas, dio órdenes para reformar y acondicionar el viejo Real Alcázar madrileño, lo que indica su intención de instalarse en Madrid.

La elección de Madrid como capital estable fue una decisión personal de Felipe II que ha tenido muchas interpretaciones. Se ha argumentado incluso que fue por la buena calidad de su agua, aunque la famosa agua de Lozoya no llegó a Madrid hasta el XIX. Más serio es pensar que respondía a un ideal renacentista de orden y armonía, como el que llevó al príncipe Vespasiano Gonzaga a construir la ciudad ideal de Sabionetta. La Villa de Madrid coincidía con el centro geográfico de España, parecía la sede adecuada a un monarca moderno que lo quería organizar y gobernar todo. Además el aire de la sierra la hacía salubre, tenía un buen sistema de suministro de aguas de tiempo de los moros, y estaba rodeada de masas boscosas ricas en caza, algo muy importante para los soberanos de entonces y razón por la que, desde la Reconquista, los reyes de Castilla habían frecuentado Madrid.

Castillo famoso.

En su contra, Madrid tenía su poca entidad en el mapa español, que pasaba a nula en el europeo. Frente a capitales estables como Roma, París y Londres, Madrid era un lugar desconocido para cualquier extranjero. Al convertirse en capital, 1561, era una villa –ni siquiera ciudad– de 20.000 habitantes, aunque había sido ocasionalmente corte, como tantas poblaciones castellanas, quizá porque contaba con un Real Alcázar bastante grande (donde se levanta hoy el Palacio Real). Lo habían construido los moros en el siglo IX, no con fines de residencia áulica o defensivos, sino como una atalaya de vigilancia, porque su posición permitía ver venir las incursiones de los cristianos cuando pasaban la sierra de Guadarrama. Por eso decía el poeta Nicolás Fernández de Moratín: “Madrid, castillo famoso / que al rey moro alivia el miedo”.

La Reconquista alcanzó a Madrid en tiempos de Alfonso VI, a finales del siglo XI, y fue repoblado con cristianos, aunque conservó su población musulmana agrupada en el cerro de las Vistillas. Poco después Madrid tuvo cierto protagonismo en la batalla de las Navas de Tolosa, que acabó con la hegemonía islámica en la península, lo que hasta el Dos de Mayo de 1808 sería su mayor timbre de gloria. Fue una participación tanto material como milagrosa, pues no solo el Concejo de la Villa envió a combatir a su Milicia, sino que tras la famosa batalla Alfonso VIII vino a Madrid para comprobar con sus ojos el prodigio del cuerpo incorrupto del santo local, Isidro el Labrador, y el rey reconoció en la momia al pastor que le había guiado en Las Navas, facilitándole la victoria.

Tras estos estupendos acontecimientos, Madrid fue el lugar de celebración de repetidas Cortes de Castilla, durante las cuales se aposentaron en ella desde Fernando IV y Alfonso XI hasta los Reyes Católicos y Carlos V. Precisamente en las épocas en que Madrid fue corte del rey y emperador nacieron en la Villa las hermanas pequeñas de Felipe II, las infantas María y Juana.

La decisión de Felipe II no fue por tanto caprichosa. Además de reformar el Real Alcázar, Felipe II dedicó mucha atención a los Reales Sitios que rodeaban a su capital, especialmente a Aranjuez, donde hizo sus hermosos jardines, y sobre todo construyó El Escorial, su obra favorita. De hecho, la Corte de Felipe II mantuvo el viejo uso itinerante, aunque ya siempre en las cercanías de Madrid, pues según la temporada se instalaba en algún Real Sitio o en el Alcázar.

Doble operación.

El caso es que la nobleza, elemento imprescindible en las cortes reales de la Edad Moderna, no se llegó a creer que Madrid fuese la capital definitiva, y no hizo el gasto de construir hermosos palacios, como hizo la aristocracia en París o Roma. Tampoco se levantaron edificios públicos adecuados a la Administración del más poderoso reino del mundo. Aunque a finales del reinado de Felipe II hubiese multiplicado su población casi por cinco, alcanzando las 90.000 almas, la ciudad no tenía el aspecto que correspondía a la capital del gran imperio filipino. El cardenal Borghese, enviado del Papa en 1594, escribía en su diario que “la Villa es bastante grande y está muy poblada”, pero añadía que “las casas son míseras y feas”.

Esa percepción de provisionalidad facilitó la gran corruptela del duque de Lerma. Dueño de la voluntad del rey Felipe III, el valido, que era de Valladolid y poseía muchas fincas en la ciudad castellana, trasladó allí la corte en enero de 1601. Supuso un trasvase de población de 70.000 personas, de forma que los terrenos de Lerma subieron de precio con el impulso de un tsunami.

Madrid descendió a 23.000 habitantes, la cifra anterior a la capitalidad, y naturalmente los precios de las viviendas cayeron por los suelos. El duque de Lerma, con sus ganancias de Valladolid, compró medio Madrid a precio de ganga, y al cabo de 5 años, cuando lo tenía todo atado y bien atado, decretó el retorno de la corte a Madrid. Subieron los precios en Madrid de nuevo, y Lerma culminó la mayor operación de especulación inmobiliaria de la historia de España.

Los tiburones de ahora son jureles comparados con aquel duque. 

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