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martes, marzo 6

Nepotismo: el saqueo del duque de Riánsares II

(Sigue...)

Cuando todo el mundo se hizo eco de los chanchullos, María Cristina tuvo que salir por pies para salvar su cabeza y el trono de su hija. El 12 de octubre de 1840, a las ocho de la noche, en el salón principal del palacio de Cervellón de Valencia, María Cristina leyó su renuncia a la regencia en presencia de la Corte, el Gobierno y el cuerpo diplomático. Ni ella ni su marido salieron con lo puesto. En carta al barón de Rothschild, el agente Daniel Weisweiller confirmaba la veracidad de los testimonios que acusaban a la pareja de sacar de España sumas ingentes del Patrimonio Real para invertirlas en deuda extranjera. Se instalaron en París y no les faltó de nada, porque Charles Scharfenberg, otro agente de los Rothschild, transladaba el dinero a la cuenta que la pareja tenía en la banca Rothschild de París. Isabel II iba otorgando títulos a sus medio hermanos como quien reparte cromos, hasta que en 1848 los muñoces regresaron a Madrid. Se instalaron en el palacio de las Rejas, enfrente del Senado, cuyas paredes rebosaban de obras de Velázquez, Murillo, Zurbarán, Tiépolo, Tintoretto o Goya.

Muñoz retomó sus mangoneos asociado al marqués de Salamanca, Narváez, el ministro de fomento Esteban Collantes y Pedro Egaña, director de La España, propiedad del duque. El duque de Riánsares fichó también para su camarilla al tesorero de la Casa Real, Manuel Gaviria, que era intentente particular de María Cristina. El portavoz de los muñoces era Donoso Cortés, que tenía, más o menos, amordazada a la prensa, salvo al periódico El Hablador, que, en palabras de Donoso, afortunadamente, "no tenía ni 20 subscriptores".

La niebla contable que rodeaba el bolsillo secreto de María Cristina y su marido nunca llegó a disiparse. Se hablaba de desfalco, canonjías, malversación y saqueo en una España que algunos libelos como El guirigay llamaban "Puerto de Arrebatacapas". A la altura de 1850 era un secreto a voces que la familia muñoz tenía importantes negocios en Ultramar; uno de sus socios era el traficante de esclavos Joaquín Gómez, pero a la propia María Cristina distintos documentos notariales la identificaban como cabeza de una influyente y millonaria sociedad negrera con base en Madrid y con socios y agentes en Cuba.

El Palacio de las Rejas se convirtió en símbolo del uso desviado del poder en beneficio particular y fue asaltado por la muchedumbre. La exagerada codicia de los muñoces soliviantó al personal y en 1854 la regente y su marido fueron expulsados de España.

Agustín Fernando Muñoz Sánchez murió, en 1873, en su villa Mon Désir de Le Havre, Francia. No era su único reposo. Sin agotar el inventario, dejó a sus herederos fincas, molinos, grandes explotaciones agropecuarias y algunos palacios: La Real Posesión de Vista Alegre, en Carabanchel, el Palacio de Remisa en Carabanchel, la Casa-Palacio de Retamoso, el Palacio del duque de Riánsares y el Palacio-ermita de Riánsares en Tarancón, el Real-deleite de Aranjuez, el Palacio de las Rejas, la Casa-palacio de la calle de Carretas, el palacio de Belinchón, el Plantío de Remisa en Majadahonda, el Palazzo Albinoni de Roma, el palacio de Villarrubio, la finca de Santa María de la O en Villarejo de Fuentes (Cuenca), el Château de la Malmaison en París, o la residencia de Vaud (Suiza). Lo enterraron en Tarancón, y fue, de lejos, el más rico del cementerio.

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