Cuéntame un cuento...

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jueves, marzo 31

À nous la Cochinchine

(Un trozo de la columna de Fernando Sánchez Dragó publicada el 20 de febrero en El Mundo)

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Dos mercenarios -Blas Ruiz y Diego Veloso- conquistaron Camboya y dos frailes -Gabriel Quiroga y Diego Aduarte- descubrieron las ruinas de Angkor en el siglo XVI. Las aventuras de los unos y de los otros fueron inenarrables. No las narro. Las Españas Perdidas.

Una expedición franco española ocupó el Delta del Mekong, entonces Conchinchina, al hilo de una campaña que duró dos años. Comenzó en 1858. Un lustro después, inexplicablemente, los nuestros regresaron a los cuarteles de Manila y Cavite. Los franceses aguantaron y, poco a poco, se hicieron con el control de la zona. España, como de costumbre, prefirió al huevo el fuero.

Casi un siglo después, en octubre de 1940, el Führer y el Caudillo se entrevistaron en Hendaya. Franco, durante el tira y afloja, pidió, a cambio de lo que su interlocutor le pedía, que en el reparto nacido del nuevo orden mundial pasara Conchinchina a manos españolas.

Hitler se quedó atónito…

-¿Conchinchina dice usted, mi general? ¿He oído bien?

-Conchinchina digo, mi Führer, porque fue nuestra.

Y se sacó del gorrillo de legionario la ley de memoria histórica que justificaba tan extravagante reclamación.

¡Menudo cuco el gallego! En 1965 escribió una carta al presidente Johnson elogiando a Ho Chi Minh y avisándole de que la guerra de Vietnam estaba política y militarmente perdida, porque «el comunismo social ofrece al pueblo de ese país más posibilidades que el sistema liberal estadounidense». Sic.

Lo dicho: hilaba fino. Y por ello, para quitar hierro al bofetón, se avino a enviar un contingente sanitario de 30 militares a la localidad de Go Cong, en el Delta, a una hora de Saigón, donde todavía existe, remozado, el hospitalucho en el que durante un par de años cuidaron de la salud de 60.000 personas, el 70% de las cuales eran combatientes del Vietcong.

Aquella misión humanitaria (diríamos hoy) dejó muy buen recuerdo. Los vietnamitas la llaman tai-ba-nha, deformación fonética de Es-pa-ña.

Parece ser que en la cantina servían paellas capaces de curar a los heridos y de resucitar a los muertos de los dos bandos. Lógico, porque el arroz del Delta es el mejor de Indochina, y los mariscos ni les cuento. Aquello se ponía a rebosar. Acudían todos: los de Franco, los marines y los del Vietcong. ¡Lástima que Berlanga no rodase esa película!