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sábado, septiembre 18

Los Tudor, una dinastía corta pero fascinante

(Un artículo de Fátima Uríbarri en la revista Época del 15 de agosto)

Reinaron sólo durante 218 años, pero provocaron grandes transformaciones, siendo la más llamativa el nacimiento de una nueva religión, el anglicanismo. También sembraron los cimientos de lo que luego convirtió a Gran Bretaña en un imperio.

No extraña que su dinastía siga fascinando: entre sus tres reyes y tres reinas cometieron como poco los siete pecados capitales. En su corte se daban las traiciones y las intrigas al más puro estilo Mesalina: rodaron cabezas y trabajaron duro las cadenas de la Torre de Londres. Pero el tiempo de los Tudor también es el de Shakespeare, del esplendor del teatro isabelino, del pirata Francis Drake, del asentamiento del nacionalismo británico, de la consolidación de instituciones democráticas como el Parlamento y de la propulsión de Inglaterra como potencia naval.

Los Tudor llegaron al trono inglés como una bendición. Con la coronación de Enrique VII terminaba la guerra de las dos rosas, que había enfrentado a los Lancaster y a los York. Enrique tenía sangre para contentar a todos: era un Tudor (linaje galés) pero también era un Lancaster, y un poco York. Y para compensar, se casaba con una York de pura cepa, la hija de Eduardo IV, con lo que se ganó importantes apoyos.

Enrique desembarcó desde Bretaña, donde lo habían enviado de niño para salvarlo de ser asesinado, y se enfrentó a Ricardo III, el temible rey que Shakespeare inmortalizó, y que murió en el campo de batalla.

Enrique VII reinó de 1485 a 1509 de manera tranquila, un requisito imprescindible para empezar bien una estirpe según André Maurois, quien, en su Historia de Inglaterra recalca que "al iniciarse una dinastía o un régimen, la prudencia ordena tranquilidad". Gracias a los años de paz interior y exterior que proporcionó el primer Tudor se fortalecieron las importantísimas instituciones locales inglesas. Luego vinieron los hijos y nietos del séptimo Enrique y empezó la acción.

Su hijo, Enrique VIII, fue un príncipe del renacimiento a la inglesa, "es decir que su libertinaje se convirtió en conyugal, su cultura fue teológica y deportiva, su magnificencia de buen gusto y su crueldad, legalmente impecable", explica André Maurois.

Se le recuerda sobre todo por su ruptura con la Iglesia Católica, por sus seis matrimonios y por sus decapitaciones, incluyendo las de dos de sus esposas, Ana Bolena y Catalina Howard. Pero además fue un monarca muy popular, excelente arquero, campeón de tenis (inventó el saque actual ordenando a sus sirvientes que le lanzaran la pelota, de ahí que también se llame servicio), fue un magnífico jinete, muy instruido en teología y literatura caballeresca, poeta y un extraordinario intérprete de laúd.

El pueblo lo quería, porque lideraba un sentimiento de exaltación nacional y porque de una manera paradójica respetó las instituciones: obligaba al Parlamento a aceptar sus decisiones, mientras que el absolutismo continental no guardaba estas formas.

A Enrique VIII le sucedió Eduardo VI (el hijo que tuvo con Juana Seymour). Era un adolescente cuando lo coronaron, un ávido lector de la Biblia, piadoso y la vez insensible (ni se inmutó cuando cortaron la cabeza de su tío, el duque de Somerset, que había sido su regente). En él se inspiró Mark Twain para escribir El príncipe y el mendigo. Eduardo VI murió muy joven. El duque de Northumberland, presidente del consejo de Regencia quiso impedir que le sucediera su hermana María (hija de Catalina de Aragón), que permanecía católica, así que coronó a Juana Grey, biznieta de Enrique VII.

A Juana Grey se la conoce como la reina de los nueve días, que es lo que duró la corona en su cabeza: María Tudor hizo valer sus derechos, subió al trono, y mandó decapitarla. Hubo entonces un paréntesis católico, brutal a ojos de la memoria inglesa. En honor a María se bautizó un cóctel como Bloody Mary (María la sangrienta). La reina hizo jurar a todos su regreso a la fé católica (incluida su medio hermana Isabel), pero se encontró con la oposición de quienes se habían quedado con los bienes arrebatados a la Iglesia y de los clérigos que se habían casado.

Cometió, según algunos historiadores, dos grandes imprudencias: obligar a un brusco y violento retorno al catolicismo, y enamorarse hasta las trancas de Felipe II, rey de España.

María y Felipe (tía y sobrino) se casaron por motivos políticos. La sucesión, las alianzas, todas las consecuencias de aquel pacto matrimonial quedaron estipuladas, pero no se contaba con el imprevisto y loco amor de la reina. Dos veces creyó estar de parto, y tuvo que soportar el bochorno de coprobar que se trataba de embarazos psicológicos.

A los ingleses no les gustó la españolización de la reina (que los metió en una guerra contra Francia para apoyar a Felipe y les costó el puerto de Calais), ni la matanza de anglicanos. Enrique VIII también quemó a muchos católicos pero María ejecutó a menos eclesiásticos y a más gente del pueblo, con lo que se ganó el odio de sus súbditos.

Cuando murió María, su medio hermana Isabel fue recibida con los brazos abiertos. Isabel I es la reina de los tiempos de Shakespeare. Fue una mujer excepcional, muy hábil e inteligente, y muy terca: se negó a casarse, aunque flirteó como una loca y utilizó sus coqueteos como herramienta política.

A Isabel I se la conoce como la reina virgen. Por eso se llama así el estado norteamericano de Virginia: los exploradores británicos lo bautizaron así en su honor. Y por ella hay una época llamada isabelina.

De ella resalta Maurois que "no amaba la guerra porque era pobre y mujer. [...] Para evitarla estaba siempre pronta a mentir, a jurar a un embajador que no sabía nada de un asunto al cual había dedicado todos sus cuidados o a llevar la cuestión al terreno de los sentimientos donde su habilidad le ayudaba a triunfar". Muestra de su astucia es que patrocinaba al pirata Francis Drake, saqueador de navíos españoles, pero en público lo reprobaba.

Bajo su reinado el Parlamento votó la abolición del poder del Papa y se impuso el seguimiento de las prácticas anglicanas: a todo el que se empeñara en ser papista se le confiscarían sus bienes. Durante sus primeros años de reinado fue más benévola, luego se endureció y se aficionó a las ejecuciones (esta vez las víctimas eran católicas, y muchas).

Isabel vivió hasta los 70 años. Coqueteó hasta el final, se teñía el pelo, se cubría de perlas y demoraba la elección de sucesor. Finalmente designó a Jacobo Estuardo, que reinó en Escocia como Jacobo VI y en Inglaterra como Jacobo I. Así, el tataranieto de Enrique VII, el primer Tudor, se convirtió en el primer estuardo de Inglaterra, pero esa es ya otra dinastía.