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martes, mayo 11

Robert Capa y Gerda Taro, una pareja de fotografía

(Un artículo de Susana Fortes para el XLSemanal del 21 de junio del año pasado)

París, 1935. Escritores, pintores, poetas y reporteros se mezclan en las calles con miles de refugiados que llegan huyendo del nazismo. Entre ellos, dos jóvenes judíos. Él, húngaro, moreno, fotógrafo, con poco más de 20 años y ojos de gitano. Su nombre: Andre Friedman. Ella, alemana de origen polaco, dos años mayor que él, metro cincuenta, rubia, orgullosa, flaca y lista como el hambre. Se llama Gerta Pohorylle.

Desde hace meses, la ciudad del Sena es un hervidero. Con el franco devaluado y el champán barato, los cafés son el corazón del mundo para los recién llegados. Se intercambian direcciones, se rastrean posibilidades de empleo, se comentan las últimas noticias. La Closerie des Lilas, el Café de Flore, el Dôme, Les Deux Magots… La costumbre era hacer toda la ruta, yendo de mesa en mesa para obtener un resumen completo de los acontecimientos de la jornada. París, los horarios generosos, las ventanas abiertas y las ideas del mundo. Era imposible no
encontrarse tarde o temprano. Gerta y Andre se conocieron en Montparnasse.

No fue precisamente lo que se dice un amor a primera vista. A ella, el húngaro le pareció un poco engreído, ambicioso, demasiado previsible a veces, como todos, seductor desde luego, algo vulgar también, de escasos modales. Pero tenía algo en los ojos. Una especie de incertidumbre que
le infundía cierto encanto. «Cuidado», pensó. «Cuidado.»

Se enamoraron ese verano durante un viaje a la isla de Santa Margarita, en el sur de Francia. Él le enseñó a manejar la Leica y ella le enseñó a bailar. Había demasiadas deudas que zanjar, el material fotográfico era caro, los periódicos pagaban con semanas de retraso… Hacerse una
reputación era importante. Eso, Gerta, lo sabía de sobra. Dándole
vueltas al asunto, tuvo una idea genial.

Fue un verdadero golpe de efecto. Se inventaron un personaje, un tal Robert Capa, un supuesto fotógrafo americano. A Andre le encantó el nombre. Corto. Sonoro. Fácil de pronunciar. También ella cambió su identidad. Mi nombre es Taro, Gerda Taro. Las mismas vocales que Greta
Garbo, las mismas sílabas, la misma música. «Si ni siquiera puedes elegir tu propio nombre, qué clase de mundo es éste», decía.

Los actores estaban claros. Sólo necesitaban un argumento para poner en pie su sueño y enseguida lo encontraron. Andre hacía las fotos, Gerta las vendía y el tal Robert Capa las firmaba. Como se suponía que era un profesional muy cotizado, no vendían sus negativos por menos de 150 francos, el triple de la tarifa vigente. Empezó a irles bien: música, risas, cigarrillos, tintineo de copas a la orilla del Sena. Pero entonces, de pronto, en medio de esa felicidad, apareció el ala de un cuervo. A través de la radio se fue extendiendo por todas partes la noticia del levantamiento de la Legión española en Marruecos bajo el mando de un tal Franco, un oscuro general de medio pelo. El remedo español de Hitler y Mussolini.

España se convirtió en el ojo del huracán. Mientras los gobiernos de Europa dejaban a la República a los pies de los caballos, miles de brigadistas salieron a defenderla por su cuenta y riesgo. Robert Capa y Gerda Taro llegaron a España como reporteros. El estallido de la Guerra
Civil marcó el comienzo de su leyenda. La guerra los hizo madurar deprisa en el ambiente bronco de Madrid a la luz de los reflectores de las defensas antiaéreas. `Avenida del Quince y Medio´ llamaban los madrileños a la Gran Vía por el calibre de los proyectiles. Tomaron partido, claro. Eran antifascistas. Sabían que en España se jugaba el futuro de Europa. Querían fotografiar como fuera una victoria republicana. Desde su llegada no hicieron otra cosa que buscar la maldita foto. Pero cuando por fin la encontraron, no se dieron cuenta de que la tenían. Hay imágenes que se convierten en símbolos. Muerte de un miliciano está condenada a permanecer envuelta en la polémica, sin que por ello deje de ser la mejor fotografía de guerra de todos los tiempos.

El viejo caserón del marqués Heredia Spinola, sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, se convirtió en su hogar. Allí conocieron a Alberti y a María Teresa León, a Neruda, a León Felipe, a Hemingway, a John dos Passos… todos formaban una familia. El país los conquistó, pero también estableció entre ellos un duelo de rivales en el que Gerda no estaba dispuesta a ceder un palmo de su territorio ni en el amor ni en la guerra.

Acompañaron a las tropas, siempre en primera línea, intercambiándose las cámaras, la Leica, la Rolleiflex y una cámara de cine Eyemo. «Una causa sin imágenes no es sólo una causa olvidada –diría Capa–, es también una causa perdida.» Dos mujeres reparando un camino donde había estallado una mina. Una madre joven refugiada con tres chiquillos en un andén de metro. Una miliciana adolescente apuntando con un Mauser desde una barricada en la Facultad de Medicina. «Si tus fotos no son lo bastante buenas, es que no estás lo bastante cerca.» Entonces, cada cual tenía ya el reloj puesto en su hora, que era la de morir. Y, quizá, los dos de algún modo lo sabían.

Gerda Taro murió arrollada por un tanque en el verano de 1937, después de haber sobrevivido a la batalla de Brunete. Su cuerpo fue velado en el jardín de la Alianza de Intelectuales durante toda la noche por una guardia de honor republicana antes de ser trasladada a París. Capa nunca
logró superar su muerte. Se convirtió en un hombre distinto, más cínico, cada vez más nihilista, desesperado. En su libro Death in the making escribió la siguiente dedicatoria: «A Gerda Taro, que pasó un año en el frente de España y se quedó». Robert Capa vivió lo suficiente para fotografiar la guerra chino-japonesa en 1938 y algunas de las que vendrían después. Desembarcó con las tropas aliadas en las playas de Normandía, con la primera oleada, Compañía E, del 116. Entró con los carros de Leclerq en el París liberado y esa noche durmió en el Ritz después de beberse con Hemingway todo el champán que quedaba en la bodega. En 1947 fundó con Cartier-Bresson la agencia de fotografía Magnum. Cubrió la primera guerra árabe-israelí. Fotografió los campos de refugiados de Haifa. Murió en mayo de 1954 al pisar una mina durante la guerra de Indochina. Tal vez antes de que el suelo estallara bajo sus pies en la carretera de Thai-Binh tuvo tiempo de volver durante una décima de segundo a España, a aquella parte del recuerdo en la que Gerda y él, los dos muy jóvenes, regresaban juntos del frente por un camino de tierra, con las máquinas al costado y el trípode en bandolera. Sonriendo.

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