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viernes, octubre 20

Cofactor, la alergia oculta

(Un texto de S. Vivas en la revista Mujer de Hoy del 25 de junio de 2016)

¿Es posible sufrir una reacción alérgica por comer huevo e ir el gimnasio? La respuesta se esconde en algo llamado cofactor, que puede complicar, y mucho, el diagnóstico de estos pacientes.

Carmen fue a comprar los regalos de toda la familia en plena canícula a un gran centro comercial y con los niveles de estrés por las nubes. Una combinación de factores que le salió cara. En plena vorágine decidió comerse un sándwich allí mismo para no perder tiempo. Un bocadillo cuyos ingredientes había probado cientos de veces. Pero esta vez algo salió mal. Una hora más tarde sufrió una reacción anafiláctica grave y acabó en urgencias. 

"La combinación del bocadillo con el estrés, el calor y el esfuerzo físico precipitaron la respuesta alérgica", explica el doctor Pedro Ojeda, especialista en alergología de la Clínica Ojeda de Asma y Alergia, mientras expone el caso de Carmen en las XX de Nutrición Práctica como ejemplo de alergia alimentaria potenciada por cofactores. Pero ¿qué es un cofactor? Pues uno de los miembros de una lista muy exclusiva de situaciones capaces de exacerbar la reactividad de nuestro sistema inmunitario y de desencadenar una reacción alérgica que de otro modo no se produciría.

Son situaciones muy comunes y variadas (desde la menstruación al calor) y quienes sufren sus consecuencias viven en el centro de una tormenta perfecta: el huracán los rodea, pero ellos creen que todo está en calma. Aunque en realidad, no es así. Estas personas son alérgicas, pero también son capaces de exponerse al alérgeno al que están sensibilizados sin sufrir las consecuencias de tener un sistema inmunitario sobreprotector... hasta que esa exposición coincide con una, dos o tres de estas casualidades. Y entonces sí, su alergia se manifiesta de manera inesperada y, en algunos casos, explosiva.

"Es un cuadro clínico poco común, que lleva descrito, como mucho, una década y que es difícil de diagnosticar porque, además, el umbral de reactividad del mismo individuo varía de un día a otro", resume el doctor Ojeda.

Trabajo de detectives

Los alergólogos sospechan que estos cofactores son el enemigo oculto cuando a su consulta llegan personas con una reacción alérgica sin una causa aclarada o cuando esta ha sido anormalmente grave para el grado de sensibilización que muestra ese paciente con las pruebas en la mano. "Las alergias que más se suelen potenciar por cofactores son las alimentarias ya que algunos de ellos favorecen la absorción de alérgenos en el tracto digestivo", explica el doctor Ojeda.

Con cada nuevo caso, comienza pues un trabajo de detectives, ya que para complicar aún más las cosas, las reacciones alérgicas de estos pacientes no suelen ocurrir de forma inmediata a la ingesta del alérgeno. "Por un lado, estas alergias se comportan como todas las demás: es necesaria la sensibilización, es decir, la creación de anticuerpos de alergia del tipo IgE frente a una proteína alergénica y tienen las mismas manifestaciones que el resto de las alergias. Pero son diferentes en que no ocurren cada vez que comemos el alimento al que somos alérgicos, la reacción es retardada con respecto al momento de haberlo consumido y, por último, no son susceptibles de curarse con los tratamientos de desensibilización", resume el dr. Ojeda.

Con tantos factores en contra, ¿cómo se desenmascara a los culpables? Pues aparte de las clásicas pruebas alérgicas (cutáneas o sanguíneas) que comprueban que, efectivamente, la persona sufre una sensibilización alérgica, en ocasiones es necesario recurrir a pruebas de "provocación". Por ejemplo, se le hace comer el alimento y hacer después esfuerzo físico. Unas pruebas muy arriesgadas, que deben ser realizadas siempre por un alergólogo y en un hospital.

Son cofactores bien reconocidos el ejercicio físico, los medicamentos antiinflamatorios no esteroideos, el estrés, el calor, las bebidas alcohólicas y los cambios hormonales. Y, a priori, aún se desconoce qué alergias necesitan cofactores para dar problemas, aunque algunas tienen más probabilidades de llevarse el premio gordo a la alergia más complicada.

"Se piensa que se dan predominantemente en personas que se sensibilizan a proteínas muy estables de los alimentos, resistentes a la degradación térmica de la cocción y enzimática del tracto digestivo, como las proteínas LTP presentes en algunas frutas o verduras, la omega-5-gliadina del trigo o las tropomiosinas de los crustáceos, entre otras. El trigo, por ejemplo, está implicado en más de la mitad de los casos", expone el dr. Ojeda.

Evitar problemas

El pilar fundamental del tratamiento es tener bien identificado el alérgeno responsable y dar instrucciones al paciente para evitar la combinación de su ingesta y los cofactores. Pero en ocasiones hacer que ambos no coincidan es tan complicado que se aconseja realizar una dieta exenta del alimento implicado. "Además, se debe instruir al paciente en el uso adecuado de la medicación necesaria para tratar una reacción (antihistamínicos, corticoides y adrenalina autoinyectable) e insistirle en llevar siempre consigo la medicación", concluye el especialista. Porque una vez que vives en el ojo del huracán, más vale estar alerta por si el calor o correr detrás del autobús provoca el desastre.
Los 6 factores que pueden llevarte a una consulta de alergia:
  1. Ejercicio. El problema con este cofactor es que la persona no relaciona la reacción alérgica con la ingesta del alimento porque esta aparece hasta cinco horas después de haberlo ingerido. El mecanismo por el cual un esfuerzo físico tiene capacidad para aumentar la reacción alérgica es doble: por un lado, facilita la absorción intestinal de alérgeno y, por otro, rebaja el umbral de activación de las células inflamatorias.
  2. Fármacos. Los antiinflamatorios no esteroideos (AINE), como el ibuprofeno o el paracetamol, pueden potenciar las reacciones anafilácticas incluso si se toman 24 horas antes que el alimento que da alergia. Los antiácidos también favorecen la exposición del sistema inmunitario a los alérgenos. Y relajantes musculares y opiáceos aumentan la reactividad de las células inflamatorias.
  3. Infecciones. Actúan como un factor favorecedor de anafilaxia en el 2- 3% de las que se producen en niños y del 1 -11% de las suceden en adultos.
  4. Hormonas. Los cambios hormonales del ciclo menstrual pueden incrementar el riesgo en momentos concretos de dicho ciclo.
  5. Alcohol. Su consumo puede ser el potenciador de una reacción alérgica hasta en el 15% de las personas que sufren una anafilaxia.
  6. Otros factores. Las temperaturas extremas (ambientes calurosos o muy fríos) también pueden estimular la reactividad alérgica. Además, las situaciones de estrés o nerviosismo y, por ejemplo, en niños, las rabietas coincidiendo con la toma de un alimento, contribuyen a inducir o potenciar una reacción alérgica.

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jueves, octubre 19

Descubren el paso de Aníbal por Los Alpes



(Un texto en el XLSemanal del 24 de abril de 2016 con algunos datos recogidos del abc.es de la misma semana)

Descubren el punto exacto por dónde el ejército cartaginés cruzó Los Alpes. Los excrementos de los animales han sido decisivos en la investigación.

Resuelto el misterio que intrigaba a los historiadores desde hace más de 2000 años: los 30.000 hombres, 37 elefantes y más de 15.000 caballos comandados por Aníbal cruzaron los Alpes en el año 218 antes de Cristo por el Col de la Traversette, un paso angosto situado a casi 3000 metros de altura. Era uno de los sitios por donde se pensaba que el ejército cartaginés atravesó los Alpes en una de las campañas militares más audaces de la Historia. 

Fue una de las hazañas más grandes de toda historia militar y, a día de hoy, es recordada por su extrema dificultad. Corría el año 218 a.C. cuando -a pesar del insoportable frío, las constantes nevadas y lo escarpado del terreno- el general cartaginés Anibal Barca, -uno de los grandes estrategas de la antigüedad junto con Julio César, Alejandro Magno y Escipión el africano- logró atravesar los Alpes junto a 30.000 soldados, 12.000 caballos y 37 elefantes de guerra. Su objetivo: llegar hasta las puertas de Roma y conquistar por sorpresa la ciudad. Sin embargo, y a pesar lo increíble que fue la gesta, hasta ahora seguía habiendo un misterio a su alrededor que desconcertaba a los expertos: ¿Qué ruta utilizó el militar para cruzar las montañas?

Esta pregunta podría haber sido respondida con contundencia científica por un equipo multidisciplinar de las universidades de York, en Toronto (Canadá), y de Queens, en Belfast (Reino Unido). La certeza de que ese es el lugar de la mítica hazaña la han dado los excrementos de los animales: 15.000 caballos tenían que haber dejado abono a su paso. A medio metro de profundidad, los investigadores han encontrado en el paso de Traversette, ubicado entre Francia y Turín, un estrato con ingentes cantidades de importante presencia de clostridia, un microbio habitual en las deposiciones equinas y que sobrevive miles de años.

Para llegar a esta conclusión, el equipo se sustenta en una serie de análisis microbianos, de química ambiental y de polen realizados sobre un depósito de materiales fecales -probablemente de caballos- hallados en el paso de Traversette. Estos restos han sido fechados alrededor del año 200 a.C. gracias a un estudio de isótopos de carbono y, por suerte, han sido hallados en el interior de un viejo pantano (uno de los pocos lugares que podría haber sido utilizado por el ejército de Anibal para dar de beber a sus monturas. El lugar fue descubierto durante una serie de expediciones geológicas realizadas en la zona.

En palabras de los expertos, más de un 70% de los microbios del estiércol son de un grupo conocido como clostridium, los cuales suelen aparecer en la flora intestinal habitual de animales. Su futuro análisis, además, podría llevar a la confirmación absoluta de que pertenecen a las monturas cartagineses. Con todo, y a pesar de lo interesante del hallazgo, de momento los investigadores han sido incapaces de determinar con total seguridad el origen animal o humano de las bacterias.
«El análisis genético necesita ser ampliado para estar completamente seguros. Actualmente estoy liderando un programa de microbiología para tratar de reconstruir total o parcialmente las muestras de clostridium encontradas en el fango de Traversette», ha explicado Chris Allen (Porfesor titular de Microbiología del Medio Ambiente en la Universidad Queen de Belfast y colaborador en el estudio) en un artículo publicado en la página especializada «The Conversation». 

En este sentido, el experto ha señalado que también están tratando de encontrar los huevos de las tenias intestinales que pudieran residir dentro de los animales y que hayan quedado «guardados en el lugar como diminutas cápsulas de tiempo».

El paso de Traversette es sumamente estrecho y está ubicado en una hilera de picos que se encuentra entre al sur-este de Grenoble (en Francia) y sur-oeste de Turín (en Italia). Se encuentra a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar y, según Allen, es un camino sumamente irregular y abrupto. Esta ruta, curiosamente, fue propuesta hace más de un siglo por el filósofo Sir Gavin de Beer, aunque no fue aceptado por la comunidad científica. En la actualidad, así pues, se le ha dado la razón a este experto.

Con todo, a día de hoy sigue pareciendo extraño que Anibal usase este camino, pues es uno de los más difíciles de la zona. «Aníbal no estaba preocupado entonces por las acciones del ejército romano, le preocupaban más los ataques de las tribus que habitaban esa región, la mayoría galas. Eran una fuerza militar importante y, quizá, se vio obligado a tomar la ruta más difícil para evitar caer en una devastadora emboscada», añade Allen. A pesar de esta teoría, todavía se sigue barajando que pudiera dirigir a su ejército a través de pasos como el de du Clapier, ubicado más al norte y mucho menos traicionero.

En cualquier caso, Aníbal atacó Roma por donde menos se esperaba. Subió desde Hispania y cruzó los Alpes, una barrera que se consideraba Infranqueable, con sus hombres, caballos y elefantes. La epopeya fue muy dura: murieron miles de hombres y los paquidermos también sucumbieron enfermos, exhaustos y hambrientos. Los elefantes resbalaban en la nieve, se asustaban ante los precipicios y no cabían por los estrechos caminos montañosos. Aníbal ordenó ensanchar los pasos; muchos hombres se despeñaron. Pero antes de morir, hombres y elefantes provocaron el pánico de los enemigos de Aníbal. 

El ejército cartaginés mató a un millón de personas en su enfrentamiento con Roma, pero no venció. El general Escipión el Africano los derrotó en lama, en el norte de África, en el año 202 antes de Cristo. Así acabó la Segunda Guerra Púnica.

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miércoles, octubre 18

William B. Yeats y el hilo de las hadas



(Un texto de Jorge Sanz Barajas en el suplemento literario del Heraldo de Aragón del 12 de noviembre de 2015)

«Al leer a Yeats puedo sentir a veces una transmisión de fuerza peligrosa, como se sentía uno de niño, parado solo en los campos cerca del temblor de los postes eléctricos, bajo el chisporroteo de las líneas de energía». (Seamus Heaney). Imaginad que el hilo de un hada ensartó la voz de los rapsodas homéricos, la de los juglares medievales, la voz tenue de las ancianas que salmodian viejas leyendas de hadas, la potencia del grito de Shelley, de Browning,…

Yeats es la mano que engarzó estos hilos, tensó sus voces y las convocó de nuevo mientras hurgaba enfangado en el fondo de la turbera hasta encontrar la música callada del tiempo. Progresar, decía Chesterton, es ver gente que se corta las piernas convencida de que en el futuro todos nos moveremos en vehículos… Cuando la naturaleza quizá pretenda convertirnos en ciempiés.

Yeats pasó quizá toda su vida agarrado a la tierra como un ángel empeñado en volar de espaldas al viento mientras aviva con mimo los rescoldos de la historia. A su alrededor, muchos pensaban que iba a traspié en poesía: ni siquiera sus contemporáneos le apreciaron hasta que llegó a la cincuentena: Joyce le dijo en su propia cara que le consideraba «anticuado» y Ezra Pound, su propio secretario en Sussex, le comentó a T.S.Eliot «Es poca cosa este Yeats, ¿no cree?». Si algo caracteriza el trabajo de Yeats es esa voluntad de pulcritud en pos de la belleza pese a los tiempos, los elementos y sus propios contemporáneos. Cuando uno se ocupa de Jo verdaderamente importante, puede sentarse a la puerta de su casa para ver pasar todas las modas, una tras otra, agonizando en su caducidad. Hombre de silla en la puerta. Por eso sigue ahí, porque no hay quien se resista a su voz atemporal, a su vocación de eternidad, a su lucidez.

No lo tuvo fácil. Nunca recibió una educación esmerada, envidiaba la pulcra pronunciación de Wilde y esa capacidad para hablar en frases redondas. Sus bocetos están plagados de tosquedades que pule con el buril de un cantero; al contrario que Joyce, fue tardo en los idiomas y no tuvo ni dinero ni apellidos para ingresar en el Trinity College. Amó desesperadamente a Maud Gonne, una diosa rebelde que le rechazó tantas veces como años tuvo su vida. Ella prefirió a hombres de acción que la hicieron tremendamente infeliz. Nunca se cansó de esperarla aun después de casarse con la médium George Hyde-Lees.

Ambos aceptaron que la fuerza amatoria de Yeats no estaba hecha para una sola mujer (murió en brazos de su legítima y su última amante, Edith Shackleton Heald). En Yeats, verso y cópula son dos fuerzas que empujan en la misma dirección: el deseo no consumado hacia Maud Gonne no se agotó con los años: hasta el último de sus días soñó con aquella diosa de cabellos refulgentes a la que caracterizó como la condesa Catalina de Houlihan.

Aquella mujer que caminaba con la majestad de una reina fue su fuerza motriz. Casi treinta años después de que Maud le rechazara por primera vez, Yeats la amó de nuevo; también a su hija Iseult: otro doble revés. Su literatura fermentó en el fracaso y rebrotó con fuerza inusitada hasta el Nobel de 1923. Y tras el premio, aún fue capaz de escribir sus mejores páginas. Pocos pueden presumir de semejante hazaña.

Nacionalista de circunstancias, entendió que solo lograría vivir en un país libre quien soñara en la misma clave que sus ancestros. De joven predijo que algún día «Dios incendiaría la naturaleza con un beso». El único beso al que aspiró fue el que nunca rozó siquiera. Quizá por eso decidió caminar como un ángel huraño. Su cuerpo reposa en una pequeña iglesia de Sligo: su alma sigue estando en todas partes.

Para conocerlo mejor, lean ‘Yeats, The Man and the Masks', de Ellmann. En castellano disponemos de 'Cuatro dublineses' en Tusquets. En las librerías de viejo aún puede encontrarse algún ejemplar de las 'Obras Escogidas' de Aguilar, o del 'Breviario' de FCE que Louise MacNeice dedicó a su poesía, pero quien desee encontrarse con su palabra viva, puede hacerlo en las antologías de Lumen, Losada y Alianza (las dos últimas son bilingües). Ningún lector debería pasar de largo sin apearse en la Estación Yeats. Para convocarlo, citen su nombre tres veces ante un espejo, usen su ouija, escuchen 'Yeat's Grave' de The Cranberries o 'The Stolen Child' en sus mil versiones. Deberían leerlo. […]

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martes, octubre 17

Librerías originales

(Según la revista Tiempo del 19 de mayo de 2017)

En ellas podrá descubrir el placer de la lectura en un entorno sorprendente no solo por su contenido sino también por su continente. Uniplaces.es ha elaborado una lista que recoge seis de las librerías más insólitas del mundo..






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lunes, octubre 16

La escuela española del 'Topo'

(Un texto de Luis Reyes en la revista Tiempo del 19 de mayo de 2017)

España, 1937-1939. Kim Philby inicia su carrera de espía bajo el disfraz de periodista inglés.

“Hay un topo en el servicio secreto, un joven periodista inglés enviado por un periódico a la Guerra de España. Moscú le ordenó asesinar a Franco, entre otros objetivos”. Esta revelación la hacía una fuente fiable, Walter Krivitski, espía soviético que había desertado en 1937, horrorizado por las purgas de Stalin. Krivitski se refugió en EEUU y se dedicó a denunciar los crímenes del estalinismo en artículos, conferencias y un famoso libro, En el servicio secreto de Stalin, pero en 1940 el servicio secreto inglés le llamó a Londres para que les hablase de las redes del espionaje ruso en Inglaterra.

Krivitski les dio un centenar de nombres de agentes, aunque lo más importantes que reveló fue la estrategia soviética de infiltrar jóvenes británicos de buena familia, pero comunistas, en los estamentos del Gobierno para operaciones a largo plazo. No tenía nombres, pero aparte del periodista se refirió a “un joven aristócrata de origen escocés, educado en Oxford o Cambridge, que está en el Foreign Office, amigo del periodista”. Los perfiles cuadraban perfectamente con dos personas: el periodista era Kim Philby, el diplomático Donald MacLean, dos de los integrantes del Círculo de Cambridge, la célula del espionaje soviético infiltrada en la inteligencia británica. Lo raro es que con esos datos el contraespionaje inglés tardase diez años en identificarlos. Quizá hubiesen cazado antes a los topos si Krivitski no hubiera aparecido muerto de un tiro en la cabeza al poco tiempo.

El elemento inicial y más importante del mítico Círculo de Cambridge fue Kim Philby. Harold Adrien Russell Philby pertenecía a la élite aunque no fuera rico. Su padre, Saint John Philby, había sido un importante peón del Imperio británico, de hecho Harold había nacido en la India mientras su progenitor servía en el aparato colonial, de ahí que le llamasen Kim, en referencia a la novela de Kipling. De joven su padre le había llevado a vivir con los beduinos árabes “para que aprendiese a ser un hombre”. Luego estudió en Westminster, uno de los más elitistas colegios, y en Cambridge, donde se licenció en Economía y se hizo de izquierdas.

Destinado por tradición familiar al servicio del Imperio se fue a estudiar alemán –algo obligado para un diplomático– a Austria, donde se involucró en la lucha obrera, que en aquellos tiempos era algo muy serio y peligroso. Se casó con una judía comunista austriaca y lograron huir cuando el Gobierno de extrema derecha aplastó al movimiento obrero en una mini guerra civil. Al volver a Londres quiso afiliarse al Partido Comunista, pero los servicios secretos soviéticos le habían echado el ojo a aquella joya en bruto. Una entrevista rodeada de secreto en Regent’s Park con un reclutador sellaría su destino. Le ordenaron romper los vínculos con la izquierda inglesa, manifestarse como un joven de clase alta que ha pasado el sarampión progresista, crear una tapadera que le permitiese, en el futuro, convertirse en un topo de la NKVD (luego KGB) en las altas instituciones británicas.

Usando los contactos de su padre intentó convertirse en tutor de los hijos del rey de Arabia, y luego entrar en el Servicio Civil de la India, pero no le dieron ninguno de esos puestos. Aunque sus controladores soviéticos le animaban a tener paciencia, él se sentía frustrado, y finalmente eligió el periodismo a falta de algo mejor. Pero estalló la Guerra de España, que sería la gran oportunidad de Kim Philby.

En febrero de 1937, llevando cartas de recomendación de Von Ribbentrop, embajador alemán en Londres, y del marqués de Merry del Val, representante oficioso de Franco en Inglaterra, Kim Philby llegó a Sevilla, una de las capitales de los rebeldes, como periodista free lance. Su misión era recoger información militar, especialmente de la intervención alemana, y mandarla por correo a París y Holanda, para lo que tuvo que aprender un código secreto.

Asesinato

Se sabe poco de lo que hizo en los tres meses que pasó en España, en todo caso, nada memorable en el campo del espionaje. Lo más importante de su estancia fue una orden que no cumplió: asesinar al general Franco.

Se la transmitió en persona uno de sus amigos del Círculo de Cambridge, Guy Burgess, en un hotel de Gibraltar a finales de marzo del 37. En aquel tiempo los servicios soviéticos, aparte de su labor de espionaje, eran una banda de sicarios que ejecutaban por todo el mundo las sentencias de muerte dictadas por el vesánico de Stalin. Su hazaña más célebre fue el asesinato de Trotsky, pero hubo cientos de casos. La orden de eliminar a Franco entraba dentro de este modus operandi habitual, pero era una solemne estupidez, Philby, 25 años y apocado (su nombre clave era Söhnchen, “Hijito”, en alemán), no sabía ni siquiera manejar una pistola. Su jefe inmediato en Inglaterra, Theodore Mally, intentó evitar la misión, realmente imposible, porque Philby sería arrestado y no tenía temple para aguantar un interrogatorio; delataría a toda la red del Círculo de Cambridge.

No se sabe qué pasó entre la entrevista de Gibraltar y el regreso de Philby a Londres, mes y medio después. Es posible que ni siquiera consiguiese llegar a Salamanca, la capital de Franco en la época. Especular con lo que hubiera sido la historia de España si Philby hubiese cumplido la orden de Moscú es hacer castillos en el aire. Lo que sí es cierto es que de haberlo intentado, allí habría terminado una carrera de espía apenas comenzada, y Philby no sería el arquetipo del Topo que llegó a ser.

En Londres, su padre le presentó en su club a un directivo del Times, al que entregó un artículo titulado In Franco’s Spain, contando cómo eran las cosas en la zona rebelde, donde el Times no tenía corresponsal. No solo lo publicaron, sino que le ofrecieron regresar a España como corresponsal del más prestigioso periódico inglés. Eso era entrar en el periodismo por la puerta grande.

Philby pasó en la España nacional el resto de la Guerra Civil, estuvo a punto de morir, pero la fortuna hizo un quiebro y convirtió la desgracia en definitiva suerte. El día fin de año de 1937, en la batalla de Teruel, una bomba republicana impactó el coche en el que estaba Philby con otros tres periodistas extranjeros. Sus colegas murieron, pero Philby salió bien librado, con una aparatosa herida en la cabeza, pero nada grave. La propaganda franquista decidió convertir a esos periodistas en mártires de la libertad de información, víctimas del comunismo al que combatía la España nacional. Philby fue condecorado por Franco en persona, que le impuso la Cruz del Mérito Militar. Además eso le abrió el despacho del Generalísimo, al que entrevistaría en varias ocasiones.

Philby siempre mantuvo que estos favores de Franco serían definitivos para construir su tapadera de anticomunista, lo que le permitiría ingresar en el servicio secreto inglés en 1940. Tan eficaz fue el disfraz de le proporcionó Franco que, mientras que los otros miembros del Círculo de Cambridge serían descubiertos en 1951, Philby no lo fue hasta 12 años después.

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domingo, octubre 15

Comer de la poesía

(Algunas frases de poetas célebres sobre el tema, encontradas en un texto de Antonio Puente en la revista Tiempo del 19 de mayo de 2017)

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En consolatoria traducción de A la inmensa minoría de Juan Ramón Jiménez, el argentino Raúl Gustavo Aguirre le concede al género esta honra tautológica: “La poesía no se vende porque la poesía no se vende”. Y en estos tiempos de transposcrisis se vuelve, incluso, un inalcanzable ideal la respuesta que ofreció Vicente Aleixandre cuando, con motivo de la concesión del premio Nobel, le preguntaron si la poesía le daba para comer: “No; apenas me alcanza para merendar”.

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[...] Juan Gelman [ironizaba], remedando a Haine: que “ojalá se valoraran, al menos, las hojas de los libros de poesía para hacer cucuruchos de envolver café”. Una ocurrencia que el poeta argentino solía acompañar de otra de sus perlas, cada vez que le preguntaban si creía en la poesía comprometida: “Creo más en la poesía casada o rejuntada”. En fin, si como señalara el gran Carlos Edmundo de Ory, “escribir poesía es poner un huevo negro en el nido del no-decir”, ¿qué corral puede acogerlo? En cuanto a los poetas vivos, siempre me acuerdo, en estas feriales citas, de lo que se automedicara el lúcido y resuelto Francisco Pino: “Me negaron el pan y la sal, pero comí de lo otro...”.

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sábado, octubre 14

Amigos, enemigos y compañeros de partido

(Extraído de un texto de Jesús Rivasés en la revista Tiempo del 19 de mayo de 2017)

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La bronca interna de los socialistas, que ya va más allá de lo fratricida, da la razón al inefable Giulio Andreotti y a una de sus frases lapidarias: “Hay amigos íntimos, amigos, conocidos y... compañeros de partido”. Algo similar habría dicho incluso antes el primer canciller de la República Federal Alemana, Konrad Adenauer: “Hay enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido”. Sin embargo, la paternidad de la idea de que los verdaderos enemigos están en el propio partido se remite a Winston Churchill.

Una de tantas tradiciones parlamentarias británicas concede a un diputado que llega por primera vez a la Cámara de los Comunes en Wetsminster un curioso privilegio. El día de su estreno como MP (Member of Parlament) puede sentarse al lado del líder de su partido, sea el primer ministro o el jefe de la oposición. En una ocasión, el diputado novel se colocó al lado de Churchill. Aquel día coincidió con un debate vivo y agrio y el neófito, junto a su líder, se vio obligado a hacer un comentario y habló de los enemigos políticos mientras señalaba la bancada de enfrente. Churchill, sonriente, le corrigió, “no, no es así, nuestros adversarios no están enfrente –el partido rival–, nuestros enemigos están atrás –los compañeros de partido–”.

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