Cuéntame un cuento...

...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

domingo, abril 22

El duelo

(Extraído de un texto de Fátima Uribarri en el XLSemanal del 4 de diciembre de 2016)

Charles Dickens, Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges y otros grandes literatos escribieron relatos protagonizados por los duelos a muerte, recopilados ahora en El duelo de honor, de la editorial Alba. Este combate, que surgió en el siglo XV y es heredero de las justas medievales, ha permanecido hasta hace bien poco. En 1952 se batió en duelo el entonces senador y después presidente chileno Salvador Allende.

El último del que se tiene noticia en España se dio en 1904 y causó la muerte del marqués de Pickman, pero hay duelos documentados ¡hasta 1970! en Uruguay y México. De este modo resolvían sus afrentas las élites. Se citaban de madrugada porque -aunque ha habido leyes que los regulaban como un código irlandés de 1777- estuvieron muchos años prohibidos. Se luchaba con espada (hay especialidades de esgrima nacidas para preparar a los duelistas) o con pistolas especiales. El enfrentamiento era a primera sangre, hasta que uno de los contrincantes no pudiera continuar o a muerte.

Algunos duelistas
El lance que afectó al trono de España
El 12 de marzo de 1870, el duque de Montpensier -hijo de Luis Felipe de Orleans, rey de Francia, y casado con la hermana de Isabel II- mató en duelo a su primo Enrique de Borbón. Terminaron sus pretensiones al trono español. un consejo de guerra lo condenó a un mes de arresto.

A Blasco Ibáñez lo salvó una hebilla
En 1904 escribió un artículo furibundo contra una carga policial. Lo retó el teniente Juan Lastauei, un magnífico tirador. La bala del teniente tumbó al escritor, pero resultó ileso: había impactado en la hebilla de su cinturón.

El honor de Salvador Allende
Tras un enfrentamiento parlamentario por un proyecto de ley, el senador Raúl Rettig lo retó a duelo con pistola el 6 de agosto de 1952. Dispararon ambos, pero erraron. Se reconciliaron. Rettig fue embajador en Brasil cuando gobernó Allende.

Alexander Pushkin murió en un duelo
El escritor ruso describió varios duelos en sus obras, como en Eugene Onegin. Él mismo, de origen aristócrata y temperamento impulsivo, se batió varias veces. A los 37 años luchó contra un oficial francés al que acusó de ser amante de su mujer. Murió a consecuencia de las heridas. 

 

 

 

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sábado, abril 21

¿Por qué me resfrío si ando descalzo?

(Un texto de Elena Sanz en el Tercer Milenio del Heraldo de Aragón del 12 de diciembre de 2017)

Caminar sin calcetines ni zapatos en pleno invierno es arriesgarnos a coger un buen catarro. ¿Por qué?

Caminar descalzo es bueno. Excepto si lo haces en pleno invierno. La explicación es muy sencilla. Resulta que la mayoría de nosotros lleva en la nariz gérmenes causantes de resfriados y gripes que no causan síntomas. Mientras la napia se mantiene bien irrigada y caliente, llegan a las fosas nasales suficientes células inmunitarias para frenar cualquier intento invasor de estos microbios. Les damos, literalmente, con un canto en las narices.

Sin embargo, si andamos por un suelo frío sin llevar puestos calcetines ni zapatos, la situación cambia por completo. Como medida de emergencia para evitar la pérdida de calor corporal, nuestra piel palidece de inmediato. Y simultáneamente, los vasos sanguíneos del interior de la nariz y de la garganta se constriñen. La temperatura se mantiene, es cierto, objetivo conseguido. Pero, a cambio, la primera línea de defensa queda temporalmente desprotegida. Es entonces cuando nos convertimos en un blanco fácil para los virus y bacterias que nos rondaban.

Porque, para colmo, resulta que el frío reduce el movimiento de los cilios de las células nasales que filtran la suciedad y los gérmenes. A lo que se suma que los gérmenes que causan resfriados se multiplican mucho mejor a 33ºC (la temperatura propia de una nariz fría) que a los 37ºC de temperatura que suele mantener nuestro cuerpo. En definitiva, tenemos todas las papeletas para acatarrarnos sin remedio.

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jueves, abril 19

De Rimbaud a Salinger: famosos por huir de la fama

(Un texto de Gonzalo Ugidos en el suplemento de El Mundo del 28 de febrero de 2010)

J.D. Salinger peleó por su anonimato desde que la novela 'El guardián entre el centeno' lo convirtió en un escritor de éxito. Su muerte en enero [de 2010], en la aislada casa donde se recluyó hace décadas, da pie a un recorrido por la vida de aquellas celebridadades que, a su pesar, despertaron el interés de la sociedad.

El mismo día en que nació Alejandro Magno, un pastor llamado Eróstrato incendió el templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo, para hacerse famoso. Enterado de su intención, el rey persa Artajerjes ordenó que su nombre fuera borrado de cualquier inscripción. Pero Eróstrato se salió con la suya y los historiadores registraron el hecho y su nombre.

El complejo de Eróstrato es el trastorno de sobresalir a toda costa, pero los síntomas más leves son una epidemia, como prueba que todo el mundo se cuelgue en la red. Lo raro es lo contrario, lo que los filósofos estoicos llamaban libido nescire, la pasión por el anonimato, la fobia a la popularidad, la vocación de hombre invisible que afectó al escritor J.D. Salinger (Nueva York, 1911-New Hamsphire, Estados Unidos, 2010), pero también a otros famosos a su pesar, que dieron que hablar por no querer dar que hablar.


Cuando en 1951 Salinger publicó El guardián entre el centeno, de la noche a la mañana se convirtió en un best seller. El autor incubó una mezcla de miedo y de asco a la fama y dio la espalda a la adulación y al éxito, vivió en voluntaria reclusión durante más de 50 años y se convirtió en famoso por no querer serlo. Jamás hizo declaraciones, salvo en 1974, cuando tratando de evitar la publicación de algunos de sus cuentos le dijo a un periodista de The Times: "Hay una maravillosa paz en no publicar. Publicar es una invasión terrible de mi privacidad". Pero cuanto más se empeñaba en preservar inexpugnable la hornacina en que se enclaustró, más atención suscitaba en los medios y más elocuente se volvía su silencio.
 

Durante años, los periódicos y revistas de New Hampshire, donde residía, convirtieron en deporte mandar a los reporteros a intentar retratarlo. De joven, Salinger tenía un aspecto melancólico y apacible, pero en las pocas fotos que pudieron robarle de mayor, se le ve adusto y hosco. Se sintió torturado cuando se publicaron las memorias de su ex amante Joyce Maynard (Mi verdad, Ed. Circe, 2000) y un libro de su hija Margaret (El guardián de los sueños, Ed. Debate, 2002), en el que afirmaba que Salinger era un maltratador, un obseso sexual y un egocéntrico. Añadía que bebía su propia orina y una lista de sus entusiasmos: el budismo zen, el hinduismo Vedanta, la Cienciología y la acupuntura. Gastaba la mayor parte de su tiempo y energía tratando de escapar del mundo y unos decían que no había vuelto a escribir nada; otros que, como el protagonista de El resplandor (1980), de Stanley Kubrick, escribía la misma frase una y otra vez o que, como el Gogol último, escribía mucho y lo quemaba todo. Hasta el mismo día de su muerte, su vida fue una melancolía por el anonimato y oscuridad perdidos.

Más éxito en su fuga de los focos está teniendo Thomas Pynchon (Nueva York, 1937), otro autor de culto y otro insociable del que sólo se conocen media docena de fotos de cuando era estudiante y recluta en la Marina. Nadie sabe muy bien quién se esconde detrás del autor de La subasta del lote 49 o Vineland, laberínticas novelas-fetiche del posmodernismo.


LOS MÁS GRANDES. 


Habitualmente citado como candidato al Premio Nobel, el crítico Harold Bloom lo ha comparado con los más grandes: Don DeLillo, Cormac McCarthy y Philip Roth. Fue hippie y activista contra la guerra de Vietnam, pero siempre escondido entre Nueva York, México y California. Su brillante expediente universitario desapareció, el de su servicio militar se quemó y su nombre no figura en los registros de la empresa Boeing para la que trabajó. Ha publicado sólo siete novelas en 43 años y tan llamativo como su estilo es su virtuosismo para jugar al escondite, que ha generado morbo a granel. Se llegó a publicar que era el terrorista Unabomber y que Pynchon era un seudónimo de Salinger. Pynchon replicó: "Caliente, caliente. Sigan intentándolo".

Su viejo amigo Jules Siegel firmó en Playboy una semblanza en la que revelaba que la fobia social de Pynchon se debía a un complejo con su dentadura, agudizado tras una operación maxilofacial. El último que lo vio fue Salman Rushdie, que le agradeció su apoyo cuando sufrió la fatwa de Jomeini. Una legión de fotógrafos y periodistas fue incapaz de encontrar su rastro hasta que, en 1998, The Sunday Times publicó una foto suya paseando con su hijo. Sus últimas apariciones públicas fueron en Los Simpsons.


A veces, la fama parece tener una extraña química y, cuanto más se rehúye, más se tiene. La obsesión por dar esquinazo a los laureles ceba el interés público. La pregunta es ¿por qué se esconden? ¿Es miedo o sólo una pose maldita? Ser esquivo, muy esquivo, es a veces una patología y otras una impostura. A fin de cuentas, también existe el marketing del escondite, el propósito de hacer que hablen de uno recurriendo a la excentricidad de la ocultación. ¿Acaso no forma parte de la leyenda de Rimbaud (Charleville, Francia, 1854-Marsella, 1891) tanto su poesía como su biografía de perdido en Africa? No sólo en la historia de la Literatura, sino en la Historia a secas, es difícil toparse con un tipo tan insumiso, tan canalla, tan depravado y, al final, tan huraño como Rimbaud.


Se escondió en 13 países diferentes de tres continentes distintos y se camufló en obrero, profesor, mendigo, estibador, mercenario, chapero, explorador, comerciante, traficante de armas y profeta musulmán en Etiopía y Somalia. Y para hacer todo eso sólo necesitó vivir 37 años y un mes. Primero quiso inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas; luego su ansia de opacidad lo llevó a fugarse lejos y para siempre. Esa segunda vida sedujo a sus contemporáneos tanto como sus años de público malditismo y versos inmortales.


Más difícil tenía dar gusto a su antropofobia su contemporánea, la emperatriz Sissi (Munich, 1837-Ginebra, 1898). Desde que a los 23 años viajó a Madeira para huir del rígido protocolo de la corte de Viena, no paró de esconderse hasta que, 38 años después, el anarquista Luigi Lucheni la encontró en el muelle de Pâquis de Ginebra y la hizo desaparecer del todo. La llamaban la emperatriz Locomotora porque siempre estaba de viaje, no tanto por la pasión de conocer otros lugares, como por su fobia social. En Lisboa y Sevilla; en los balnearios de Bad Kissingen y Karlsbad; en la isla de Wight; en Irlanda; en las Cícladas, o en Egipto, cada vez que su barco tocaba puerto, hacía salir a su peluquera, Fanny Angerer, que tenía su misma altura y silueta, vestida con sus trajes, para que fuera la homenajeada, mientras ella paseaba de incógnito.


No tenía amigos que no fueran sus caballos y sus perros, porque estaba afectada de una mezcla de misantropía e insociabilidad. "Muchos de mis caballos -dijo proféticamente- han ido a la muerte por mí, cosa que no ha hecho nunca un hombre; ellos querrían más bien asesinarme".


Incapaz de exponerse al escrutinio de la sociedad vienesa y de los cortesanos, ejercía de emperatriz intermitente y años hubo en los que sólo pasó en la capital del imperio dos de los 12 meses. "Entre el barullo de los mozos de cuerda y los asnos de El Cairo, me siento menos oprimida que en un baile de la corte", dijo. Se ocultaba tras un velo negro, un abanico y una sombrilla. Maurice Barrès escribió que cuando, a las puertas del hotel Beau-Rivage, Lucheni se acercó a ella, la emperatriz ya era "una extranjera de la existencia y, en realidad, una muerta". A fuerza de no soportar la fama, fue una reina que no quiso más reino que el de su vida interior.


RECICLAR PAPEL. 


La misantropía hizo de Schopenhauer (Gdansk, Polonia, 1788-Francfort, 1860) el más célebre de los filósofos esquivos. Cuando terminó El mundo como voluntad y representación (1819), envió el manuscrito al editor con una nota a la altura de su arrogancia: "Este libro será en tiempos venideros fuente y ocasión para un centenar de otros libros". Casi 16 años más tarde, los editores le informaron de que casi toda la reducida primera edición se había usado para reciclar papel. Era lo bastante soberbio para no acusar recibo y reaccionó con estas palabras: "¿Se sentiría halagado un músico por los aplausos de una audiencia si supiera que casi todos eran sordos?".

No sin rencor asistía al éxito de Hegel. Cuando el cólera asoló Berlín y mató a Hegel, Schopenhauer huyó. A los 45 años se instaló en Francfort y allí vivió durante los 28 siguientes una vida de soltero cuya extremada regularidad seguía el modelo de Kant. Desde los 65 años, disfrutó de una fama molesta los siete que le quedaban por vivir. Tosltoi lo llamó "el más genial de los hombres"; para Wagner, su doctrina supuso "un verdadero regalo del cielo", para Nietzsche fue "un gran maestro". El auditorio ya no estaba lleno de sordos, sino de delicados melómanos que aplaudían su música celestial. Pero él buscaba el silencio y la lejanía de todos. Pensaba que la gente es solitaria, pobre, desagradable y embrutecida y por eso prefería estar solo.


EREMITA EXCÉNTRICO


Como Henry David Thoreau (Massachusetts, 1817-1862), autor de Walden o la mística del bosque (1854), una biblia de las ensoñaciones ecologistas. Con 28 años, se adentró en un bosque de Concord (Massachusetts) y se construyó una cabaña, donde vivió dos años como un eremita excéntrico. Este pionero de la desobediencia civil leía allí a los clásicos, miraba el cielo, atendía los menores detalles de la naturaleza y escribía como un poseso. En alguna de sus páginas describió la vida ciudadana como millones de seres viviendo juntos en soledad. Él prefería los vientos, la hojarasca, los animales, las raíces y los lagos de la naturaleza convertida en santuario. Pero por su hiperactividad literaria y moral se convirtió en un poderoso influjo para las mentes más inquietas de su generación y sobrellevó su éxito como un gaje irritante de su lucidez.
 

Bruno Traven (Alemania, 1882-México, 1969) amaba tanto la invisibilidad que sigue siendo un enigma 40 años después de su muerte. Fue el autor de El tesoro de Sierra Madre (1935), que John Huston y Humphrey Bogart llevaron al cine. Su verdadero nombre debió de ser Bernhard Traven Torsvan y acaso era alemán. Al menos escribía en alemán. Pero ocultó su identidad tras docenas de seudónimos. Sus lectores lo conocen como B. Traven y es todavía el hombre que nadie conoce, que es precisamente el título de una antología de sus cuentos.
 

Fingió ser un cerrajero polaco, un marinero noruego, un anarquista bávaro y es seguro que en algún momento de su vida fue todas esas personas. También es seguro que llegó a México en 1924 y allí escribió sus primeras novelas. Se hizo famoso en todo el mundo y sus obras se traducían a cuarenta y tantos idiomas, pero rechazaba la mirada de los otros y, exacerbando el exhibicionismo de la misantropía, se convirtió en un misterio envuelto en secretos con un enigma dentro.
 

El periodista mexicano Luis Spota publicó, en 1948, los resultados de su cacería. Contó que vivía en una casita del parque Cachú en Acapulco y recibía la correspondencia en un apartado de correos. Después de la aparición del reportaje, el hombre que vivía en el parque Cachú envió una carta a la misma revista negando que fuera Traven. Él era, aseguró, Hal Croves. Sin embargo, Hal Croves y B. Traven parecen ser la misma persona. Alguien que lo conoció en 1954 dijo: "Traven o Croves era retraído, taciturno, hosco, da la impresión de no gustar de las relaciones sociales".
 

Hay excentricidades precoces que arraigan desde la infancia. Cuando, además, prosperan sobre una personalidad polifacética y se alían con la ambición, el resultado es la excepcionalidad, o sea, un genio, un santo o un héroe. Howard Hughes (Houston, 1905-Acapulco 1976) podría haber pertenecido a una de esas categorías, pero se quedó en un atrabiliario solitario.
 

Desde niño, soñaba con volar alto y por eso quiso ser piloto. Cuando creció y se hizo un hombre, su fama de playboy proyectó sombras sobre sus otros éxitos. Al heredar la fortuna paterna, muchas mujeres se arrimaron a su dandismo. Sedujo a Katharine Hepburn, a Bette Davis, Gene Tierney, Ava Gardner... Se cansó y empezó a autorrecluirse. Padecía microfobia, un pánico cerval a los gérmenes y de niño creció con una percepción hostil del mundo exterior. Tras un gravísimo accidente cuando pilotaba el avión espía XF-11, desapareció de la vida pública hasta que, en abril de 1976, agonizó en un hotel de Acapulco. Estaba irreconocible y el FBI lo identificó por sus huellas dactilares.
 

En algún momento de su vida, sus pasos se cruzaron con los de Greta Garbo (Estocolmo, 1905-Nueva York, 1990). Llegó a Hollywood en 1925, entonces todavía se llamaba Greta Gustafsson, y El demonio y la carne (1926) la lanzó al estrellato. Fascinó al mundo con su nariz respingona, sus cejas depiladas y su carcajada casi varonil. Era pudorosa y exigía rodar sus escenas en platós cerrados, con sólo el director, el galán y el cámara. A los 36 años rodó con Cukor La mujer de las dos caras (1941) y cambió los focos por el enigma, porque no quería envejecer delante de las miradas de la gente. Adoptó la identidad de Harriet Brown y se recluyó en un apartamento de Nueva York.
 

La Divina se convirtió en La Misteriosa y su silencio lo llenó de rumores y escándalos. La vieron, casi siempre apresurada, por Park Avenue o durante algún veraneo en Suiza, envuelta en ropas amplias y con gafas oscuras. Su aureola de misterio fue el estímulo paradójico que reavivó el mito, pero los incontables intentos periodísticos de rescatar su voz fueron inútiles. "Los periodistas son la peor raza que existe", dijo a un amigo. Y añadió: "No me gusta verme expuesta". Cuando en 1955 le concedieron un Oscar honorífico no fue a recogerlo. En Gran Hotel (1932), el guionista le hizo decir la frase que resumiría su obsesión: "Quiero estar sola". Su última entrevista fue la más breve, el periodista empezó diciendo: "Yo me pregunto..." y La Misteriosa le interrumpió: "¿Por qué preguntarse?". Y se marchó.
 

Y es que hay tipos que, a fuerza de misteriosos, no pueden dejar de ser grandes; pero ellos no lo saben porque ignoran lo elemental: para ser invisible no basta con no tener éxito, es necesario no merecerlo.

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miércoles, abril 18

El impuesto sobre los ricos

(Extraído de la carta del director del Mundo del 2 de octubre)

A la mañana siguiente del saqueo generalizado de los comercios que conmocionó París el 25 de febrero de 1793, el brillante y atildado abogado de Toulouse Bertrand Barère subió a la tribuna de la Convención para advertir que el «naufragio» del «barco de la Revolución» estaba asegurado si no se respetaban «el ancla de las propiedades y el ancla de la moral pública», pues sin estas dos sujeciones no quedaría otra libertad «que la de los salvajes o los caníbales».

Su planteamiento fue [...] en lo esencial [...] en defensa de la democracia representativa y en contra de quienes tratan de sustituirla por la ley de la calle. Sin embargo, al final de su discurso, Barère -de quien Madame de Genlis decía que era el único al que había visto «llegar desde el fondo de la provincia con los modales de la Corte»- introdujo una nueva metáfora náutica muy reveladora del giro económico que estaba gestándose ya en el seno del partido jacobino.

-A Dios no le gustaría que yo viniera aquí a defender a los ricos, esos seres de bronce y hierro que, en medio de las convulsiones revolucionarias, no saben renunciar a ninguno de sus lujos ni de sus placeres. Que imiten a ese comerciante avaro que transportando sobre los mares cargamentos opulentos y viendo su barco batido por la tempestad, arrojó al mar una parte de sus riquezas para salvar la otra. ¡Ricos: verted en las manos de la nación una parte de ese cargamento que guardáis con tanta avaricia u os sumergiréis junto a él!

Fue tal la fuerza oratoria de la sobrecogedora imagen sugerida por Barère -los potentados sucumbiendo aferrados a sus cofres del tesoro, con tal de no contribuir a aliviar la miseria del pueblo- que la mayoría de la Convención se mostró receptiva a partir de ese día a implantar el llamado «impuesto sobre los ricos» que reclamaban las secciones parisinas con mayor porcentaje de sans culottes y algunos departamentos.

El problema llegaría a la hora de definir a quiénes se consideraba «ricos» a los ojos de la Revolución, pero el concepto tenía la gran utilidad de que servía para distraer la atención y desviar las iras del pueblo de los verdaderos responsables de la miseria que le oprimía. Es decir, de las propias autoridades de la República recién fundada.

La Revolución había heredado del Viejo Régimen un endémico déficit fiscal pues gastaba mucho más de lo que ingresaba. De hecho, entre las primeras disposiciones que siguieron a la toma de la Bastilla había figurado la supresión de los odiados impuestos sobre las mercancías que se cobraban en los fielatos que rodeaban París y su sustitución por otros que en teoría eran más justos, pero en la práctica resultaban poco menos que imposibles de recaudar.

A esos grandes males siguieron los grandes remedios de una asamblea repleta de abogados y ayuna de economistas: la Revolución comenzó a imprimir alegremente papel moneda. Los llamados «asignados» eran inicialmente unos meros bonos convertibles en las subastas de bienes incautados a la aristocracia y al clero pero pronto se transformaron en medio de pago para todo tipo de transacciones.

Tras haber visto frustradas por dos veces sus políticas de ajuste, el ex ministro Necker se burlaba de lo ocurrido desde su autoimpuesto exilio ginebrino: «La institución de una moneda ficticia, liberando a la administración del yugo imperioso de las realidades, permitió a los legisladores abandonarse con más confianza a sus abstracciones; y las necesidades de dinero, estas embarazosas groserías, no vinieron a distraerles de sus elevados pensamientos».

A medida que el esfuerzo bélico requería más y más liquidez, Francia fue inundada de billetes que provocaron la hiperinflación y el desabastecimiento. Los llamados enragés se echaron a la calle con las picas en la mano, instigando a un pueblo sin los mínimos conocimientos para entender lo que le ocurría, contra los banqueros, acaparadores y comerciantes.

[... ] obligaba a la Francia revolucionaria a imprimir más y más «asignados»: «La Nación estaba ebria de papel moneda. Y experimentaba la placentera sensación del borracho después de un trago… con la particularidad de que a medida que los tragos de papel moneda llegaban más rápido, la sensación placentera se iba haciendo más corta».

[...] el mismo júbilo con que el 20 de mayo de 1793 se lanzaron los sombreros al aire en el Club de los Jacobinos cuando se supo que la Convención había aprobado al fin el eufemísticamente denominado «préstamo forzoso» por el que se obligaba a los «ricos» a contribuir al esfuerzo bélico.

No era una ironía preorwelliana pues al menos venía a reconocer el carácter confiscatorio de la medida, acompañándola de una promesa de devolución de lo expropiado a los tres años de que se alcanzara la paz. La sustancia del planteamiento estaba en que a la vez que demonizaba a quienes se habían «beneficiado de la Revolución» sin «sacrificarse» por ella, les ofrecía un camino de redención pecuniaria alternativo a la guillotina. Entonces no hubo peticiones masoquistas como la de las grandes fortunas francesas que ofrecían no ha mucho a Sarkozy el pico de sus bolsas, pero Danton resumió perfectamente el espíritu que ha debido animarles a dar el paso: «Crear un impuesto para los ricos es hacerles un favor… Cuanto mayor sea el sacrificio sobre el usufructo, más garantizada estará la propiedad».

Se trataba, se trata, pues, de establecer un perímetro arbitrario para que los sospechosos del pecado de enriquecimiento queden dentro y en posición de deuda con la sociedad y con el Estado.[...]

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martes, abril 17

Montar en bicicleta nunca se olvida

(Un texto de Elena Sanz en el suplemento Tercer Milenio del Heraldo de Aragón del 13 de enero de 2018)

Ciertas habilidades se archivan para siempre gracias a unas células muy concretas del cerebelo, la parte del cerebro que coordina los movimientos de nuestro cuerpo.

Una vez que aprendes a montar en bicicleta, a esquiar, a conducir un coche, a tocar la guitarra o a comer con palillos chinos, lo haces para siempre. La memoria procedimental se almacena por un tiempo ilimitado, sin que nada -salvo un cuadro de amnesia grave- pueda borrarlo.

Hace unos años, investigadores de la Universidad de Aberdeen (Reino Unido) descubrieron que este tipo de habilidades se archiva de forma imperecedera gracias a unas células muy concretas del cerebelo, la parte del cerebro que coordina los movimientos de nuestro cuerpo. Se trata de las interneuronas de la capa molecular, y según los investigadores actúan a modo de porteros que transforman las señales eléctricas que salen del cerebelo en un lenguaje que nuestra memoria es capaz de manejar y archivar. Sin ellas, habría que reaprender una y otra vez cada movimiento.

Montar en bicicleta no es moco de pavo. Es más, según el ingeniero de la Universidad de California Ron Hess, resulta mucho más complicado que conducir un coche o que manejar un avión, por muy buen concepto que tengamos de los pilotos. Sabe de lo que habla. Llevaba años estudiando cómo interactúan los pilotos con sus cuadros de mandos cuando se le ocurrió cambiar de miras y centrarse en explicar cómo es posible que los seres humanos pedaleemos sobre dos ruedas. No se esperaba que la realidad fuese tan compleja.

Resulta que manejar una bicicleta implica manejar toda la información sensorial disponible: visión y oído pero también movimiento, orientación, propiocepción (para detectar al posición y el movimiento de cada uno de nuestras extremidades y músculos). Por eso es posible crear un simular de vuelo pero cuesta pensar en un simulador de bicicleta, asegura Hess.

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lunes, abril 16

Beber agua sin filtrar, la últma ocurrencia para estar a la última

(Un texto de Miguel Barral en el Tercer Milenio del Heraldo de Aragón del 13 de enero de 2018)

En Silicon Valley, la última demencial tendencia es beber agua sin filtrar ('raw water'), la que no ha recibido ningún tipo de tratamiento. El agua potable nos libra de multitud de enfermedades infecciosas.

Hace ahora tres años, en las Navidades de 2015, el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología de Coruña realizó una pequeña y sencilla exposición sobre inventos solidarios - 'Ejemplos de ideas sencilla(mente) geniales empleadas en regiones y países desfavorecidos que contribuyen a hacer del nuestro un mundo mejor'-. Uno de los inventos seleccionados fue el filtro de agua familiar Lifestraw: “Un sencillo purificador de agua que elimina la práctica totalidad de partículas, virus y bacterias garantizando el suministro de agua potable para una familia”, tal cual se explicaba en la exposición.

El proyecto Lifestraw nació en 1994, cuando el Carter Center solicitó a la Compañía Vestergaard el desarrollo de un sistema de filtrado accesible que permitiese eliminar del agua la larva de la lombriz de Guinea, causante de la dracuncualiasis, una enfermedad por entonces crónica en las regiones más desfavorecidas de África. A principios de siglo XXI había sido prácticamente erradicada en aquellas áreas y poblaciones entre las que se había distribuido el filtro.

Dicho esto, causa estupor e incredulidad -por no decir indignación- la última tendencia que está causando furor en Silicon Valley: beber 'raw water', esto es, agua 'cruda -lo que quiere decir que procede directamente del manantial y no ha recibido ningún tratamiento purificador-. Se llega a pagar a más de 6 dólares el litro. Uno de los principales y surrealistas argumentos en pro de su consumo proclama que el agua sin tratar es de lo más saludable al contener bacterias beneficiosas para nuestro intestino o probióticas. Ya, como si el agua tuviese la capacidad de seleccionar la naturaleza de las bacterias que acoge, discriminando las perjudiciales.

Porque el agua extraída directamente de la naturaleza sin ningún tratamiento y dependiendo de la fuente de la que se obtenga, puede contener infinidad de agentes patógenos de lo más diversos. Puede contener heces animales y en consecuencia bacterias Campylobacter, presentes en las heces de las aves; y parásitos como Cryptoporidium, en las del ganado, o la Giardia intestinalis, en heces humanas y de otros animales. También muchos otros microorganismos responsables de enfermedades como la hepatitis A, el cólera, disentería, tifus, etc. Además de algas. Y minerales cuya composición incluye elementos tóxicos como el arsénico. Y restos de fertilizantes y otras sustancias empleadas en agricultura y ganadería y potencialmente carcinógenas. Y… y el problema, en el caso de virus, bacterias y demás agentes infecciosos es que no solo se expone el consumidor del agua cruda. Lo más grave es que si este resulta infectado, se convierte en un foco de infección para la gente que le rodea. Que se puede ver afectada sin comerlo ni BEBERLA.

Y conste que esto no (solo) lo digo yo, sino voces mucho más reputadas. Por ejemplo, la doctora Valerie Curtis, experta en salud medioambiental del London School of Hygiene and Tropical Medicine, quien incide en que “hay todo un espectro de patógenos que pueden transmitirse por el agua”. Antes de poner el dedo en la llaga que caracteriza a buena parte de estas modas de alimentación 'natural' supuestamente tan saludables: “La humanidad ha invertido generaciones de científicos y esfuerzos en su intento por proteger a la gente de beber agua sin tratar. Parece increíble que haya individuos que quieran volver a los tiempos de la Edad Media, cuando millones de personas morían por infecciones transmitidas por el agua”. Ahí le ha dado.

Lo cierto es que las primeras tentativas y ensayos para depurar o purificar el agua para su consumo se remontan al segundo mileno a.C. Hay escritos sánscritos y egipcios en los que se recogen métodos como el hervido del agua, la introducción de metales candentes en la misma, y la filtración a través de capas de grava y arena. De hecho, en torno al 500 a.C., Hipócrates, considerado el padre de la medicina, inventó el primer filtro de agua doméstico.

Ya en 1676, y a raíz de la invención del microscopio, Anton von Leeuwenhoek descubrió y describió la presencia de numerosos microorganismos en una gota agua. Lo que puso de manifiesto los peligros implícitos al consumo de agua sin tratar y generó una creciente concienciación con respecto a la necesidad de eliminarlos entre médicos y hombres de ciencia durante las siguientes décadas. Así, ya en 1703 el científico francés La Hire presentó un proyecto ante la Academia francesa de Ciencias para que cada vivienda de París estuviese dotada con una cisterna para recoger el agua de la lluvia equipada con un filtro de arena. Un siglo más tarde, en 1804, se instalaba en la localidad escocesa de Paisley la primera planta depuradora del mundo. Y en 1854, el médico británico John Snow establecía que el agente responsable de las epidemias de cólera se trasmite a través del agua contaminada. Demostrando que en las poblaciones en las que se había instaurado el tratamiento de la misma la incidencia era mucho menor. Poco después, el propio Snow comenzó a utilizar cloro para eliminar las bacterias del agua, dando inicio al tratamiento químico del agua de consumo. Tratamiento que ya a principios del siglo XX se tradujo en un rápido decrecimiento de los caso de cólera y tifus.

En la actualidad, el tratamiento que recibe el agua en las plantas depuradoras consta de dos etapas o fases:
  1. un filtrado físico, que elimina las partículas sólidas en suspensión
  2. y un tratamiento químico que elimina los microorganismos presentes.
Un último apunte para los californianos seguidores del movimiento 'raw water'. Antes de beber y pagar el gusto y las ganas deberían consultar la web del CDC (Center of Disease Control and Prevention) en la que se explica que el tratamiento de agua para consumo se inició en EE. UU. en 1908. Y que desde entonces el número de enfermedades infecciosas disminuyó de forma drástica. Los casos de fiebre tifoidea pasaron 100 por cada 100.000 habitantes a sólo 33 en 1920. Y a 0,1 en 2005. Y prácticamente todos en individuos que habían efectuado viajes internacionales.

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domingo, abril 15

Tóxicos a domicilio

(Un texto de Marisol Guisasola en la revista Mujer de Hoy del 12 de noviembre de 2016)

Crees que tu casa está a salvo, pero puede estar llena de sustancias tóxicas. Descubre los rincones donde se esconde y cómo protegerte.

Convivimos con unas 900 sustancias químicas que son potencialmente tóxicas. Están en muebles y alfombras, en prendas de vestir y tapicerías, en sartenes y cazuelas, en tuppers y films transparentes, en productos de limpieza y en cosméticos e, incluso, en alimentos que creemos sanísimos. 

"Esas sustancias tóxicas que no parecen tener efecto a corto plazo se van acumulando poco a poco en nuestro tejido adiposo (grasa corporal) y aumentan el riesgo de sufrir problemas de todo tipo. Incluso hay estudios que las han detectado en la placenta, lo que significa que los niños nacen ya con tóxicos en su cuerpo", explica el dr. Nicolás Olea, catedrático de Medicina de la Universidad de Granada, que lleva más de 20 años investigando los efectos de esas sustancias en la salud.

Recientes estudios realizados en Francia corroboran sus palabras. En análisis de orina realizados a menores de edad, los investigadores detectaron 128 residuos químicos de 81 sustancias diferentes, de las cuales 42 son carcinógenos (pueden provocar cáncer) posibles o probables; cinco carcinógenos ciertos y 37 disruptores endocrinos [sustancias que actúan como hormonas en el organismo y alteran el sistema endocrino]. Entre estos se citan los ftalatos, el bisfenol A, las benzofenonas...

La OMS cita estudios que relacionan esas sustancias con "problemas reproductivos en ambos sexos, problemas tiroideos, alteraciones en el desarrollo neuronal, problemas cognitivos, trastornos inmunitarios, problemas metabólicos y obesidad". ¿Hay forma de evitar la exposición a esas sustancias en el hogar? La respuesta es sí, y estas son algunas formas de conseguirlo, habitación por habitación.

Lugares donde encontramos sustancias químicas tóxicas:

En el cuarto de baño. Cloro, amoniaco, desatascadores, ambientadores e incluso productos cosméticos y de aseo emiten vapores tóxicos. Pero dicho esto, no tienen el mismo riesgo para nuestra salud los jabones, los geles o los champús (que como mucho pueden provocarnos algún tipo de alergia), que los esmaltes de uñas y quitaesmaltes (que suelen contener éteres de glicol como disolventes). Y tampoco son iguales las lacas, los desodorantes, los ambientadores o los perfumes en spray (muchos tienen ftalatos); los aceites o cremas solares con filtros UV (que contienen benzofenonas), e incluso los tintes para el pelo, que suelen llevar amoniaco en su composición. ¿Este arsenal de químicos en el cuarto de baño debería inquietarnos? Pues no demasiado, porque todos esos productos se emplean habitualmente en cantidades muy pequeñas. En cualquier caso, lo mejor es acostumbrarnos a airear bien esta estancia después de utilizarlos. 

En la cocina. Numerosos estudios desaconsejan las cazuelas, ollas, sartenes o fuentes de horno antiadherentes (con revestimientos tipo teflón). La razón es que esos revestimientos contienen compuestos fluorados o ácido perfluorooctanóico, que al superar los 230 ºC actúan como disruptores endocrinos. Además, cada vez más expertos aconsejan evitar los plásticos, el hierro sin esmaltar o el cobre, porque podrían contaminar los alimentos. Los materiales más recomendados para cocinar son el acero inoxidable, el hierro esmaltado, el vidrio y las cucharas de madera. Otra buena idea es limpiar bien la vitrocerámica y los quemadores de gas, eliminando grasas que pueden emitir humos nocivos al recalentarse. No metas en el microondas alimentos cubiertos con film transparente, porque podría liberar tóxicos. Los plásticos en general son dudosos, pero conviene evitar los recipientes para almacenar con los números 7 (policarbonatos), 6 (poliestireno) o 3 (PVC flexible y rígido), que aparecen en la parte de abajo. Cristal y vidrio son las mejores opciones.

En el armario. Todas las alarmas saltan cuando te enteras de que hace falta un kilo de productos químicos (un 10% de los cuales son peligrosos para la salud) para producir un kilo de tejido. Y ello se aplica tanto a la ropa de vestir como a la tapicería, la ropa de cama e incluso las prendas y complementos deportivos (como mochilas, calzado, guantes, sacos de dormir...). Muchos de estos tejidos pueden contener sustancias perfluoradas o polifluoradas (PFC), capaces de alterar el sistema endocrino. Las nanopartículas de plata que se emplean como agentes antibacterianos y antiolores son otros elementos no deseados. Como pocos productos indican que las llevan, investigadores de la Universidad de Córdoba han desarrollado un sensor fluorescente que las detecta en un minuto, tanto en textiles como en otros productos. Los tejidos antiarrugas no salen mejor parados, porque contienen formaldehido, un potente cancerígeno que, además, puede provocar problemas visuales, respiratorios y alérgicos incluso en pequeñas cantidades. ¿Lo más aconsejable? Optar por fibras naturales (como la lana y el algodón), tanto para vestir como para decorar. Además, consulta campañas como la Detox de Greenpeace, que lleva años denunciando a las marcas de ropa que no están eliminando estas sustancias tóxicas de sus prendas. En las páginas de su informe citan a Inditex (propietaria de Zara), H&M y Benetton como las tres empresas textiles "a la vanguardia" en el camino de limpiar su producción. Y una última advertencia: la limpieza en seco utiliza percloroetileno (PCE) un potente disolvente catalogado como carcinógeno. Una alternativa es la limpieza en húmedo, que usa agua en vez de PCE y que emplean ya algunas tintorerías. Se calcula que entre 30 por ciento y 70 por ciento de las prendas limpiadas en seco podrían limpiarse en húmedo si se controla el proceso.

En toda la casa. 
Pinturas y revestimientos pueden emitir formaldehido, tolueno o tetracloroetileno, tóxicos para el sistema respiratorio. La opción menos peligrosa son las pinturas con el certificado A+ (pinturas al agua sin éteres de glicol ni resinas alquídicas) o con la Ecolabel de la UE, que identifica productos con impacto ambiental reducido. Lo mismo vale para los suelos. Una buena forma de evitar emanaciones tóxicas es optar por tarimas, losetas o moquetas de origen vegetal, como el sisal, el coco, las algas, el yute... que, además, son tendencia en interiorismo.

La mayoría de los muebles actuales están formados por madera conglomerada o contrachapada y llevan mucha cola, lacas y disolventes que difunden emanaciones de compuestos orgánicos volátiles, potencialmente cancerígenos. Una buena idea es dejarlos varios días al aire libre después de comprarlos para que eliminen las moléculas tóxicas. En cuanto a las tapicerías de sofás, sillones y sillas, llevan a menudo retardantes de llama y fungicidas de efecto tóxico. Fue famoso el escándalo del fungicida dimetilfumarato, encontrado en sofás y sillas de fabricación china, que afectó a decenas de personas en Europa. También se dieron casos en España, por la presencia de dimetilfumarato en zapatos importados desde ese país.  

Ambientes peligrosos. Nada como unas velas o unas varas de incienso para hacer más cálido un ambiente. El problema es que el 95% de estos elementos son sintéticos y emiten benzeno, formaldehido y ftalato. Una idea menos agresiva es utilizar unas gotas de aceites esenciales ecológicos. Los de lavanda, menta, limón, pino o citronella neutralizan los olores y los de cardamomo y menta piperita purifican el aire. Otra opción son las plantas: según el estudio Aire Limpio de la NASA, la hiedra, la cinta, el potos, la sanseviera, la drácena, el palo de Brasil, el ficus, la gerbera o la orquídea son especialmente eficaces para neutralizar los tóxicos ambientales.  

Productos de lavado y quitamanchas. En esto, como en todo, el exceso siempre es malo. ¿Por qué? Pues porque detergentes, quitamanchas, desengrasantes, suavizantes... liberan moléculas irritantes que pueden provocar alergias a corto plazo y trastornos respiratorios y endocrinos a largo plazo. Si lo quieres evitar, respeta a rajatabla las normas de uso que indica el fabricante en el envase. Dicho esto, el mejor consejo que te podemos dar es que recuperes aquellos productos naturales que usaban nuestras abuelas para limpiar, como el vinagre blanco, el jabón natural, el bicarbonato o el zumo de limón. Te sorprenderá lo eficaces que son.

Alimentos sin reservas. Aunque no lo creas, los alimentos frescos no están libres de culpa. De hecho, España es el país de Europa que más pesticidas utiliza. Solo el sector frutícola, consume 6.695 toneladas de insecticidas, el triple que en Francia e Italia, que son también grandes productores de fruta. ¿Qué puedes hacer entonces? Si son frutas que no se pelan (fresas, uvas...), mejor cómpralas de producción ecológica. Si se pueden pelar, no dejes de hacerlo, porque los pesticidas se acumulan en el exterior de frutas y verduras. Por eso se aconseja desechar las hojas exteriores de las verduras y lavarlas muy bien antes de cocinarlas. En cuanto a los pescados, evita los azules de gran tamaño, porque los metales pesados (como el mercurio) se acumulan en su tejido graso. Lo mismo pasa con las carnes: si eliminas las partes grasas te ahorrarás calorías y también metales pesados.

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