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...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

domingo, enero 21

Charles Townes, inventor del láser

(Leído en la sección de obituarios de El Mundo del 31 de enero de 2015)

Considerado uno de los grandes físicos experimentales del siglo XX, Townes recibió el Nobel en 1964 por sus trabajos sobre radiación de microondas, que permitió crear el rayo láser. Descubrió amoníaco y agua en el espacio exterior y fue pionero en el estudio de las moléculas interestelares.

Todos los radioastrónomos que nos dedicamos a las moléculas interestelares estamos familiarizados con Charlie Townes, pues su enorme talla científica ha iluminado las actividades en este campo de investigación desde sus inicios, a mediados del siglo XX, hasta nuestros días. Todos hemos estudiado su excelente libro de texto avanzado (escrito junto con su cuñado, el también Premio Nobel Arthur Schawlow) Microwave spectroscopy (Espectroscopía de microondas) que fue pionero en la materia. Profesor emérito en la Universidad de California en Berkeley hasta el momento de su fallecimiento a los 99 años de edad, Townes ha mantenido una sobresaliente y ejemplar carrera científica que se ha prolongado a lo largo de casi 80 años.

En 1951, con 35 años de edad, Townes era profesor de la Universidad de Columbia y asesor de los Laboratorios de la compañía telefónica Bell. Había pasado de trabajar con radares durante la II Guerra Mundial a interesarse por el uso de ondas más cortas con el fin de construir un haz intenso de microondas para crear una sonda. Einstein había predicho en 1917 un mecanismo para amplificar un rayo de luz utilizando los estados excitados de un átomo o molécula, pero fue Townes quien ingenió la manera práctica de separar moléculas en estados excitados y confinarlas en fase gaseosa en una cavidad resonante.

Cuando las microondas viajan por el gas estimulan a las moléculas para que emitan un destello monocromático, coherente e intenso de radiación. El primer máser (siglas en inglés de «amplificación de microondas por emisión estimulada de radiación»), lo construyó Townes con sus estudiantes en 1954 utilizando moléculas de amoníaco. En 1958, junto con Schawlow, concibió el láser basándose en el mecanismo máser pero utilizando luz óptica. Pero al ser nombrado director científico del Instituto de Análisis de la Defensa en 1959, Townes frenó sus desarrollos experimentales y el primer láser lo construyó Theodore Maiman en 1960.

En 1964, Townes recibió el Nobel de Física junto a los físicos rusos Aleksandr Prokhorov y Nicolai Basov, quienes también habían ideado el máser de manera independiente.

En 1967, Townes ingresó en la Universidad de California en Berkeley. En esa época, el interestelar era considerado un medio demasiado hostil para que las moléculas pudiesen sobrevivir en él. Pero Townes, en un congreso en 1957, ya había predicho la posibilidad de detectar moléculas simples en el espacio, como el radical hidroxilo (OH) que fue observado en ondas centimétricas en 1963.

En 1968, el grupo de Townes detectó por primera vez amoníaco y agua en el espacio exterior. Se da la circunstancia de que la emisión del agua interestelar también presentaba un efecto de amplificación máser natural. Se han detectado hoy más de 180 especies moleculares diferentes en el espacio, estableciéndose así una nueva disciplina de investigación: la astroquímica.

A partir de los años 80, Townes se dedicó a la interferometría óptica e infrarroja para detectar señales astronómicas muy débiles. Hasta hace tan solo unas semanas, a pesar de su avanzada edad, acudía a su despacho en Berkeley diariamente; estoy convencido de que habría disfrutado enormemente si hubiese vivido aún un poco más para ver cómo sus técnicas interferométricas permitirán en un futuro próximo la detección rutinaria de planetas fuera del Sistema Solar mediante imágenes directas. Le sobreviven su esposa, Frances Hildreth, sus cuatro hijas, seis nietos y dos bisnietos.

Charles Townes, físico, nació en Greenville (Carolina del Sur, EEUU), el 28 de julio de 1915, y falleció en Oakland (California, EEUU) el 27 de enero de 2015.

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sábado, enero 20

La vida es puro Cabaret



(Extraído de g. Goenaga de la revista Mujer de hoy del 13 de abril de 2013)

Vuelve en tiempos de crisis porque es barato; mata el hambre (de los actores) y se ríe de las desgracias (y de los que las provocan) con nocturnidad y alevosía. 

Canalla, satírico y picante. También ágil, variado y nocturno. Y gamberro, burlón, osado. A la hora de definir exactamente qué es el cabaret, la interminable lista de adjetivos que se le ajustan como un guante no hace más que subrayar su principal característica: es un formato capaz de asumirlo todo. Punto de encuentro de diferentes disciplinas escénicas, ya sea el teatro, el musical, el circo o el striptease, el cabaret fue una moda importada en los años 20, con una estética todavía reconocible que nos lleva al París o al Berlín de entreguerras, y un humor mordaz propio de unos tiempos revueltos e inestables. Exactamente igual que estos que estamos viviendo. De ahí el imparable resurgir del género en nuestro país en los últimos años, mayor si cabe que en otros en las mismas circunstancias, con espectáculos de todo tipo: desde grandes producciones como "The Hole", que lleva tres años en el teatro Calderón de Madrid, a shows independientes en sesiones golfas por cafés y pequeñas salas por toda nuestra geografia. 

[…] 

La historia nos cuenta que el cabaret entró en España por Cataluña, vía París -donde había nacido con Le chat noir (1881) y el Moulin rouge (1889)-, y se desarrolló, a principios del siglo XX, en capitales: sobre todo Madrid y Sevilla. "En cierto modo le ocurrió como a la zarzuela: adquirió popularidad como reacción a la invasión de ópera italiana y francesa en los teatros. El pueblo quería su música -apunta Andrés Peláez, director del Museo Nacional del Teatro, quien además gusta de referirse al cabaret siempre como ‘género ínfimo', alineado al "grande” de la ópera y al "chico” de la zarzuela-. En Madrid, por la parte del rastro, surgieron pequeños locales que ofrecían espectáculos a la salida de los teatros. Estos lugares eran puro hampa: más por el público asistente que por el espectáculo en sí". Era un ambiente donde se reunían pequeños delincuentes, traficantes y mujeres ‘de mal vivir', pero también señoritos aventureros de clase alta.

Tras la guerra y la postguerra, con el cambio de espíritu y moralidad del franquismo, el cabaret murió perseguido. Pero, años después, a mediados de los 50, con el comienzo de la apertura, surgiría la Revista, como una adaptación española del "music hall" americano. Incluso el célebre Teatro Chino de Manolita Chen era más un teatro ambulante con variedades que un cabaret en sentido estricto. Con la Transición, y la llegada de  películas como la mítica "Cabaret"  (1972) de Bob Fosse, volvería el  género de una forma más berlinesa  y europeizada. Hasta hoy.

"El cabaret siempre retoma en tiempos de crisis. Es, para el teatro, como comer frutos secos: barato y mata el hambre", dice Peláez.

Y es que el cabaret es inconcebible sin ese ambiente un poco golfo y osado, donde corre el alcohol y se amplían la sensualidad, la picaresca y los sueños.[…]

Pero, ¿y qué pasa con el erotismo? Porque durante años, sobre todo en las épocas de cierta represión moral, uno de los acicates que hadan bullir de público a éstos espectáculos era el tono sexy, la sensualidad y picardía de las situaciones, cuando no la evidente desnudez de sus intérpretes. Un erotismo de liguero y corsé, que claro que sí, ha vuelto con el cabaret actual: […]

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viernes, enero 19

Deudas que oprimen o que liberan



(Un texto de E.G.M. en el Heraldo de Aragón del 1 de febrero de 2015. Historia de algunas deudas condonadas… y otras que no lo fueron.)

La petición de renegociar la deuda griega recuerda la condonación a Alemania tras la Segunda Guerra
Mundial. Ya en Mesopotamia se perdonaban estos compromisos. Haití, sin embargo, pagó durante más de un siglo.

Está en boca de muchos griegos. Syriza se ha encargado de ello. En 1953, la comunidad internacional firmó el Acuerdo de Londres, en el que se perdonaba a Alemania la deuda acumulada al final de la Segunda Guerra Mundial. Seis décadas después, el nuevo primer ministro griego Alexis Tsipras apela a este antecedente con insistencia. Y, aunque no hay casos muy similares en la historia contemporánea, a excepción de las condonaciones a los países más pobres del mundo, sí que hay antecedentes muy remotos que hablan de solidaridad con quien está ahogado por la devolución de los préstamos.

«En Mesopotamia y Egipto se anularon las deudas del pueblo para no oprimirlo. Hammurabi (1792 a. C.) proclamó en varias ocasiones una anulación general de las deudas de los ciudadanos con los poderes públicos», explica el analista bursátil Ismael de la Cruz. «El Código de Hammurabi establece en su epílogo que el poderoso no puede oprimir al débil, la justicia debe proteger a la viuda y al huérfano (…) a fin de hacer justicia a los oprimidos», añade.

En otros casos, las anulaciones fueron resultado de una lucha social exacerbada por la crisis y el ascenso de las desigualdades. Sucedió en los antiguos imperios de Grecia y Roma.

Más próximos en el tiempo están los llamados arreglos de la deuda que se practicaron en España en el siglo XIX e incluso principios del XX. «El Estado alcanzó un nivel de endeudamiento tan grande que no podía hacer frente al mismo, por lo que los ministros de Hacienda (Juan Camacho, en 1881, y Raimundo Fernández Villaverde, en 1900) recurrieron a un arreglo o reestructuración de la deuda», asegura De la Cruz, quien añade que el problema tenía su origen en que los déficits surgían de la inestabilidad política y de las guerras (como la de Cuba). «Finalmente, Fernández Villaverde tuvo la suerte de que el final de la guerra de Cuba redujo el déficit fuertemente, alcanzándose superávit a principios del siglo XX», concluye.

Para Carmelo Romero, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, esos arreglos eran realmente imposiciones, no negociaciones como se esperaría ahora. «Cuando España llegaba a la quiebra, en los bonos de deuda, donde ponía que valían por mil pesetas, lo cambiaban a 500», cuenta el profesor. Asegura que se trataba de un timo al prestamista, especialmente al pequeño, no al grande. «Al pequeño acreedor le decía que le pagaría mayores intereses y luego no era así. Quien realmente ganaba eran los grandes, las compañías o bancos que sí que negociaban a cambio una conversión de la deuda, como lo era el hecho de explotar el subsuelo», añade. Se trataba de construir el ferrocarril o explotar minas.

Algunas de esas grandes fortunas que finalmente salían ganando fueron la familia Rothschild, que llegaron al siglo XIX como uno de los más influyentes linajes de banqueros y financieros. «Hubo muchos arreglos de la deuda porque el Estado estaba en quiebra. Su nivel de deuda crecía mucho pero no los impuestos, que eran bajos. Y las leyes castigaban poco la propiedad», dice Romero.

En el lado contrario, existe una deuda histórica que el Gobierno francés no consintió perdonar. Se trata de la que estipuló que contraía Haití con Francia a pesar de haber logrado la independencia a través de un levantamiento, después de que el 18 de noviembre de 1803 los franceses perdieran su última batalla, y el día de año nuevo de 1804 se proclamara el nacimiento de una nueva nación, el primer país libre de América Latina.

En 1825 Francia tasó el reconocimiento de esa libertad en 150 millones de francos oro (el equivalente hoy en día son 19.500 millones de euros). Una compensación por las tierras perdidas por los caciques franceses. Se terminó de pagar en 1947.

Sin embargo, cuando la desgracia llamó a la puerta de Haití con un devastador terremoto en enero de 2010, el Fondo Monetario Internacional condonó la deuda de Haití, de 268 millones de dólares (210 millones de euros). También estableció un programa de crédito de tres años por valor de 60 millones de dólares (47 millones de euros) para apoyar la reconstrucción del país caribeño.

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