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viernes, noviembre 17

Biquinis: (más de) 70 años de libertad

(Un texto de A. Santos en la revista Mujer de Hoy del 9 de julio de 2016)

Acusado de revolucionario, de no dejar nada a la imaginación y de ir contra la moral y el decoro, el septuagenario dos piezas es [...] un símbolo de la evolución cultural del sigo XX y de la liberación de la mujer, que conserva todo su poder de seducción.

[...] Ponerse un biquini no siempre fue un hecho [...] plácido (aunque afortunademente la historia tenga un final feliz): la aparición del primero, hace ahora 70 años, supuso un auténtico escándalo.

Era 1946 cuando el diseñador francés Jacques Heim presentó una prenda de dos piezas bautizada como "Átomo: el traje de baño más pequeño del mundo". Pero solo tres semanas más tarde, su compatriota y rival Louis Réard, un ingeniero automovilístico que había heredado de su madre un negocio de lencería, fue más atrevido y mostró un diseño sensiblemente más pequeño que desafiaba todas las normas del decoro. Apenas unos pedazos de tela que imitaban papel de periódico y dejaban el ombligo al descubierto, una osadía para la época. Tanto así que ninguna modelo profesional se atrevió a lucirlo y Réard tuvo que recurrir a Micheline Bernardini, estríper del Casino de París, para presentarlo oficialmente en la mítica piscina Molitor de la capital francesa.

Ella vaticinó que el evento provocaría "un bombazo" todavía mayor que las pruebas nucleares que el gobierno de Estados Unidos había realizado unos días antes en el atolón de Bikini, en el Océano Pacífico, y su creador tomó prestado el pegadizo nombre. En realidad, su olfato para los negocios solo permitió a este pionero vivir cómodamente de una tienda de baño que tuvo abierta en París durante 40 años. Y la transgresora Bernardini recibió 50.000 cartas de sus fans todos hombres, por supuesto, y nunca más se supo de ella. Pero ambos pasaron a formar parte de la historia de la moda y fueron venerados (u odiados) por las mujeres de todo el mundo.

Tuvo que pasar casi una década para que el biquini empezara a verse con otros ojos. De hecho, en 1951, la ganadora de la primera edición del certamen de Miss Mundo, la sueca Kiki Hakansson, se coronó luciendo un biquini y provocó un grave conflicto diplomático. Los países más conservadores amenazaron con retirar a sus representantes y el Papa Pío XII lo condenó públicamente.

Hasta que llegó el Festival de Cannes de 1953 y una entonces semidesconocida Briggitte Bardott se atrevió a pasear sus generosas curvas por las playas de Saint Tropez con un coqueto dos piezas floreado. A partir de entonces, ella se convirtió en un icono sexual y la Costa Azul en lo más parecido a Sodoma y Gomorra. Ademásm abrió la veda para que otras actrices del "club de las malas", como Marilyn Monroe, Ava Gardner o Rita Hayworth, siguieran sus pasos.

En la década de los 60 la pegadiza canción de Brian Hyland Itsy Bitsy Teenie Weenie Yelow Polka Dot Bikini, que contaba la historia de una chica que se avergonzaba de mostrarse ligera de ropa, arrasaba en las listas de éxitos de todo el planeta; Ursula Andress emergía de las aguas, ataviada con un sugerente biquini y un cuchillo, en 007 contra el Doctor No; y la revista Sports Illustrated lanzaba su primera portada con una modelo en biquini, la alemana Babette March.

Mientras medio mundo asistía a esta revolución, en España se vivía una realidad paralela. Imperaba la censura y la Guardia Civil patrullaba nuestras costas en busca de "desvergonzadas" que atentaban contra la moral... Pero hecha la ley, hecha la trampa. Y tres ciudades españolas se disputan el honor de ser la primera en permitir o, al menos, tolerar el uso del biquini: Benidorm, Santander y Marbella.

Benidorm apenas era un pueblo, pero ya empezaban a llegar las primeras extranjeras y su visionario alcalde, Pedro Zaragoza, no dudó en ir en Vespa hasta Madrid para convencer en persona a Franco de que el futuro turístico de la Costa Blanca pasaba por abrir la mano. En Santander, los estudiantes extranjeros que iban a los cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo rebautizaron la península de la Magdalena como Bikini beach.

Ni los carteles disuasorios ni las protestas surtieron efecto. Mientras, en Marbella la vida social, política y económica era controlada por un sacerdote aperturista, que, si bien no firmó ninguna ordenanza, hacía la vista gorda.

Con la llegada de la democracia, el panorama en nuestro país cambió de la noche a la mañana. A la invasión de suecas se sumó el cine del destape y el movimiento hippy. Se pasó de los bañadores como armaduras a diminutos biquinis que popularizaron jóvenes como la modelo Twiggy. El biquini simbolizaba la liberación de la mujer y la aparición de un tejido como la lycra, multiplicaba sus posibilidades. Incluso las más atrevidas, como muestra de rebeldía, se quitaban la parte de arriba y nacía el desafiante topless.

A partir de entonces, el biquini adquirió infinidad de estilos y formas, y fue ganando terreno al bañador. De poco sirvió que el siempre más elegante traje de baño se convirtiera también en algo sexy gracias a Bo Derek. La adoración al dios Sol era la nueva religión y el primer mandamiento ordenaba "cuanta más piel, mejor".

Tras una época horribilis en la que la braguita subía hasta la cintura, las míticas tops de los 90 pusieron al biquini en el lugar que le correspondía. Imposible olvidar a Claudia Schiffer contoneándose por la pasarela con las "ces" entrelazadas de Chanel; a Elle Macpherson demostrando por qué le apodaban el cuerpo; o a la estrella del voleibol estadounidense Gabrielle Reece luciendo los primeros modelos de corte deportivo.

Desde entonces, han aparecido nuevos tejidos como el neopreno y se han reinterpretado los clásicos. Los selfies en biquini invaden las redes y se ha popularizado el tanga. No hay miedo a los colores flúor y se combinan alegremente las partes de arriba y de abajo.

Sin duda, el paso del tiempo le ha sentado de maravilla al dos piezas. Y aunque durante estas décadas se ha convertido en una prenda odiada y adorada a la vez sí, nadie se imagina un verano sin ella, pero tampoco hay nada más temido que ese "momento biquini", en el que lo lucimos ante el espejo por primera vez en la temporada y... ¡horror!, ¿quién no firmaría por cumplir 70 años con semejante vitalidad?

Con motivo del 70 aniversario de la prenda estrella del verano, Vente-Privee, el portal de ventas on line, ha realizado un estudio sobre las preferencias de las españolas en materia de ropa de baño.
Tres de cada cuatro eligen el biquini frente al bañador, según esta encuesta. Y al contrario de lo que ocurre en lencería, donde lo más importante es la comodidad, en moda de baño lo prioritario es la estética: se busca ese un plus de tendencia y sensualidad.

En cuanto a formas, diseños y cortes, las españolas tienen gustos muy diferentes, sobre todo dependiendo de la edad. En las partes de arriba, la tendencia entre las más jóvenes es el bandeau, que deja menos marcas en la piel. En cambio, las mayores de 50 o las que tienen más pecho optan por las tipo halter o las que llevan aros para lograr una mayor sujeción.

El tejido que triunfa sigue siendo la lycra, aunque otros como el croché o el algodón comienzan a ganar adeptas esta temporada. Predominan los tonos azules (12%), seguido por los rojos (10%) y los cítricos (6%). La combinación más habitual es azul-blanco y blanco-negro, y el 6% busca estampados florales, aunque las rayas marineras y los lunares son otros de los prints más demandados.

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jueves, noviembre 16

Excéntricos en pareja; en el amor y en la cama...

(Un texto de Elena Castelló en la revista Mujer de Hoy del 9 de julio de 2017)

Parejas tan apasionadas como escandalosas, amores a tres bandas, relaciones que costaron un trono... En el territorio más privado, todo vale. Aunque, a veces, el precio a pagar es demasiado alto.

En realidad, ¿no somos todos un poco excéntricos? Consideradas de cerca, muchas de nuestras decisiones pueden parecer un puñado de impulsos inconexos, imposibles de comprender según los "cánones" que marca el sentido común, especialmente cuando se trata de cuestiones relacionadas con el amor y las emociones. Quizá, eso es simplemente la vida, intransferible, peculiar y única. 

Más peculiar y única, cuanto más dinero y poder se pone en juego, desde luego: entonces caen las barreras y solo las pasiones parecen dictar el comportamiento humano. Nuestros personajes, que fueron protagonistas del escándalo y víctimas y verdugos de sí mismos casi a partes iguales, convirtieron sus vidas en un auténtico torbellino de sufrimiento para ellos y para los que les rodeaban. Todos vivieron al margen de las normas su amor y sus relaciones.

Charles Chaplin: El coleccionista de jovencitas

En 1936, poco después del estreno de Tiempos Modernos, Chaplin se casaba, en secreto en China, con su compañera de reparto Paulette Goddard. Era su tercera boda y, con 48 años, el actor casi le doblaba la edad. Sin embargo, a sus 25 años, Goddard fue la mayor de sus esposas y la única "adulta". La primera, la actriz Mildred Harris, con la que Chaplin se casó ya en los 30, tenía 16 años. Ella afirmaba que estaba embarazada, aunque luego descubrió que era una falsa alarma, y el hijo vino después. El actor accedió al matrimonio para sofocar el escándalo: su amante quizá no esperaba un hijo, pero era menor.

Su segunda mujer, Lita Gray, que actuó en El chico con 12 años, fue su amante desde los 15, rodando La quimera del oro, y se casó con él a los 16. Le dio dos hijos, pero el matrimonio fue un infierno y acabó entre acusaciones de maltrato y abandono. Para evitar el escándalo, el actor se vio forzado a pactar una indemnización millonaria para Lita, a riesgo de que esta revelara la lista de sus infidelidades con conocidas mujeres casadas.

Su cuarta y última esposa fue Oona, hija del dramaturgo Eugene ONeill, que la desheredó y no volvió a dirigirle la palabra tras la boda. Deslumbrada por el cómico con 16 años, le dio el sí quiero a los 18 y estuvo a su lado hasta su muerte, el día de Navidad de 1977. Tuvieron ocho hijos, entre ellos la actriz Geraldine Chaplin.

Celoso, tiránico y obsesivo, de humor extremo, en sus memorias afirma que mantuvo relaciones con más de 2.000 mujeres. No todas menores, por supuesto. Pero cuando le preguntaron por su amante ideal respondió: "Yo no estoy enamorado exactamente de ella, pero ella lo está locamente de mí". Abandonado por un padre alcohólico y por una madre actriz de music hall que pasó largas temporadas en manicomios, temió la pérdida y nunca confió en las mujeres, sino en chicas a las que podía controlar y moldear. Sus heroínas, frágiles muchachas amenazadas por villanos sin escrúpulos, representan a una madre a la que recordaba en su papel de pastorcilla y a su primer amor, Hattie, a la que idealizó en su desarraigo.

Su vecino en Vevey (Suiza), donde se retiró con su familia tras dejar el cine, era el escritor Vladimir Nabokov: muchos dicen que Chaplin inspiró el personaje de Humbert Humbert en la trágica Lolita.

Elizabeth Taylor: Lluvia de diamantes

Acababa de divorciarse de su primer marido, el heredero de los Hilton, Conrad Hilton Jr. -tío abuelo de Paris-, tras ocho meses de tormentoso matrimonio y descansaba al borde de la piscina de unos amigos en Palm Springs (Florida), cuando un helicóptero aterrizó en la propiedad. La sombra de un hombre le hizo abrir los ojos.

Frente a ella, se erguía el multimillonario Howard Hughes, que intentaba abrirse paso como empresario cinematográfico tras hacer fortuna construyendo aviones. "¡Venga, vístete!", le espetó. "¡Nos casamos!". Para demostrarle que no bromeaba, se metió la mano en el bolsillo y extrajo un puñado de diamantes que esparció sobre ella. La estrella, muerta de risa, huyo corriendo hasta la casa, dispersándolos por el césped. Evidentemente no hubo matrimonio. Fue la única vez que la actriz rechazó piedras preciosas.

El gran amor de su vida y dos veces su marido, Richard Burton, la cubrió de ellas. Claro que las suyas eran más grandes, como el diamante Krupp, de 33 quilates, que ornaba el anillo de compromiso que le regaló en 1968, tras enamorarse rodando Cleopatra. Le costó más de un millón de dólares en la joyería Cartier de Nueva York.

La más conocida de cuantas puso en sus manos lleva el nombre de ambos: el diamante Taylor-Burton, en forma de pera y de casi 70 quilates. El actor lo adquirió en una subasta en 1969: antes de la puja, su propietario, el joyero Harry Winston, se lo envió a Taylor a Suiza, para que pudiera admirarlo. En la subasta, lo adquirió Cartier por más de un millón de dólares. Pero Burton no estaba dispuesto a dejarse vencer y, desde el teléfono público de un hotel inglés, negoció con el intermediario de Cartier, a gritos, hasta que consiguió la piedra.

Cartier puso una condición: exhibirla en su tienda de Chicago antes de llevárselo. "Somos hombres de negocios y ambos estamos contentos de que la señorita Taylor esté contenta", accedió Burton. La actriz lució la gema por primera vez en el 40 cumpleaños de Grace de Mónaco, y el diamante viajó hasta Niza con dos guardias. Cuando se divorciaron por segunda vez, en 1978, Taylor lo vendió por cinco millones de dólares y donó parte del dinero para construir un hospital en Bostwana.

Eduardo VIII: Amor en clima frío

Cuando en junio de 1936, Gran Bretaña supo que su rey, Eduardo VIII, recién llegado al trono, había pasado las vacaciones en un crucero por el Adriático con su amante norteamericana Wallis Simpson, dos veces divorciada y dos años mayor que él ("la puta", según Winston Churchill), fue símbolo de la infamia. Sin embargo, el tiempo ha revelado que ella logró, involuntariamente, que reconociera su falta de cualidades para el trono.

Maltratado por su niñera, con síntomas de anorexia y tics, Eduardo se había quedado varado en una eterna adolescencia. Bon vivant y atractivo, pasó su juventud practicando deporte, bebiendo de fiesta en fiesta y teniendo idilios con mujeres casadas, con las que jugaba a ser un niño pequeño. Era perezoso, poco formado intelectualmente, caprichoso y débil.

"No puedo cumplir mis deberes como rey como querría sin la ayuda y apoyo de la mujer que amo", dijo en su discurso de abdicación, pocos meses después. Wallis, en Francia, lloró al escucharlo. Ahora se sabe que no porque deseara ser reina de Inglaterra. Más bien lo contrario, según revela su correspondencia en una reciente biografía: se sentía atrapada y nunca hubiera imaginado que las cosas llegaran tan lejos. "No dejo de pensar en ti", le escribió a su segundo marido, Ernest Simpson, en esa época.

En los primeros años de su idilio con Eduardo, y estando aún casada, Wallis mantuvo otro affaire. Ser amante del rey era un honor que duraría unos años, imaginaba. Nunca pensó en dejar a su marido. Sin embargo, Eduardo, engatusado por su personalidad y su manera de recordarle que no podía lograrlo todo, empezó a escribirle decenas de veces al día y a amenazarla con suicidarse si le abandonaba.

Se rumoreó que era experta en prácticas sexuales aprendidas en burdeles de China. Wallis llegó a comentar que él era impotente y que ella nunca "había tenido relaciones sexuales tradicionales con sus maridos". En los primeros años de casados, fueron inseparables de un joven millonario bisexual, Jimmy Donahue, y los rumores arreciaron, pero ellos ya eran los reyes de la café society, y todo el mundo los quería en su fiesta.

Ella era la mejor vestida, él creó el "estilo Windsor". Entre tanto, viajaban, compraban joyas y coches, bebían, fumaban y mimaban a sus perros. Los privilegios de ser la esposa de un duque de Inglaterra eran muchos, aunque entre ellos no figurara el verdadero amor.

Courtney Love: Una boda en la playa

El día que se conocieron, en 1990, en un club de Chicago, Courtney Love bromeó sobre el pelo largo de Kurt Cobain y éste le respondió derribándola, en broma, con una llave. La atracción entre el líder de Nirvana e icono de la generación X, y la actriz y vocalista de The Hole y ex stripper fue instantánea. Courtney envió a Kurt una caja en forma de corazón con una muñeca de porcelana, tres rosas secas, una minitaza de té y conchas, con su perfume. Al cantante le obsesionaban las muñecas. Las usaba para composiciones artísticas, repintando sus caras y pegándoles cabello.

Cobain no quería una relación seria. Ella comenzó a perseguirlo hasta que consiguió un sí. Cuando él le propuso que se casaran, ella estaba embarazada. "¡Sabía que, si tenía algo de cerebro, me lo pediría!", contó ella. "Ella es como un imán para todo lo que hay de divertido en la vida", dijo Cobain.

Se casaron en Hawai, el 24 de febrero de 1992, en la playa de Wakiki. Kurt se presentó con un pijama de dibujos verdes. Courtney llevaba un vestido que había pertenecido a la atormentada actriz Frances Farmer, uno de los iconos de Kurt. Asistieron nueve personas, ninguna de sus familias.

Dos años después, Cobain, que consumía unos 400 dólares diarios de heroína y otras drogas, se pegó un tiro en la cabeza. Courtney tiene hoy 52 años y es budista: sus mantras la han ayudado a superar las adicciones, los escándalos y la sensación de pérdida. Pero aún lucha contra la nostalgia.

Tilda Swinton: ¿Una pareja de tres?

Tilda Swinton ganó el Bafta -los Oscar británicos- a la mejor actriz secundaria, en 2007, por su interpretación de una despiadada abogada en Thomas Clayton. Y allí, sobre la alfombra roja se abrió la veda sobre la actriz escocesa de carrera poco convencional: su acompañante no era el padre de sus mellizos Honor y Xavier, el dramaturgo escocés 20 años mayor que ella John Byrne, sino un joven actor alemán -¡20 años menor! - llamado Sandro Kopp. Byrne se había quedado en casa cuidando a los niños.

Los rumores no se hicieron esperar: Tilda vivía un ménage-à-trois con el padre de sus hijos, que ejercía de amo de casa, y un tomboy con el que disfrutaba de la vida. Las palabras de la actriz no ayudaron a despejar dudas: "Vivimos en la misma casa, pero yo viajo por el mundo con un delicioso pintor", aseguró sin más detalles. "Todos nos queremos mucho", corroboró Byrne.

Era oficial: Swinton vivía en su vida privada un arreglo a tres bandas, con dos hombres. Su nombre encabezó, a partir de entonces, las webs de "amor libre" y poliamor, mientras los periódicos sensacionalistas se deleitaban dando detalles supuestamente íntimos.

Tilda no es una mujer convencional ni por su origen en una familia del más rancio abolengo escocés, ni por sus elecciones académicas: se licenció en Políticas y Literatura en Cambridge, en contra de las previsiones familiares que deseaban que se casara con un duque. Tampoco por su físico, andrógino y cambiante. Ni por su forma de entender su trabajo, desarrollado durante años en el cine casi experimental de directores como Derek Jarman. Intelectual e independiente, tampoco rehúye opinar sobre arte o política.

"Nuestra vida no puede ser más ortodoxa. El padre de mis hijos y yo somos muy amigos y los criamos juntos. ¿Cuántas parejas no hacen lo mismo? Desgraciadamente la gente está demasiado acostumbrada a convertir a su ex en un extraño tras años de convivencia", decía la actriz. Byrne ha contado que vive en Edimburgo con una nueva pareja. "Quizá lo que asusta a otra gente es que no dejamos que nadie reduzca nuestras vidas a una simple película de dibujos animados". La actriz insiste: "Fuera de la pantalla, soy la mujer más normal del mundo".

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miércoles, noviembre 15

Felipe II, rey de Portugal (II)



(Un texto de Luis Reyes en la revista Tiempo del 25 de diciembre de 2006)

En el siglo XVI, en cambio, sí estaba muy claro por qué queríamos al país vecino. Portugal era un imperio mercantil que se complementaba perfectamente con el español, territorial y militar. Los portugueses no habían echado esfuerzos en conquistar y poblar países, sino en abrir puertos y obtener licencias comerciales en puntos clave, hasta en la lejana China.

Con sus bases alrededor de toda África, en la India y Oceanía, en el Estrecho de Ormuz, la llave del Golfo Pérsico, o en los de Malasia, las puertas entre el Índico y el Pacífico, controlaban las más ricas rutas comerciales.

Lisboa era un emporio cosmopolita que deslumbraba a la sobriedad castellana, donde se encontraban los objetos más caros y lujosos que se podían comprar en Europa, sedas y porcelanas de China, jades, marfiles, plumas y animales exóticos, ¡hasta rinocerontes! Y por supuesto especias de toda clase, que valían más que su peso en oro.

Además, para Felipe II la posibilidad de gobernar esa potencia mercantil tenía un interés estratégico: podría establecer un bloqueo comercial de sal y especias que quebrara la economía de los rebeldes holandeses, el peor enemigo de la monarquía hispánica durante 80 años.

A Portugal también le convenía la unión. La inagotable plata americana hacía del real de a ocho español una moneda fuerte, que permitiría reanimar el comercio con Oriente, en crisis por la falta de dinerario. Y la potencia militar española protegería el comercio portugués de enemigos como los turcos, cuyos corsarios operaban ya por el Atlántico.

Por eso, pese a las reticencias del pueblo portugués, que “antes metería moros que castellanos”, la unión con la monarquía hispánica fue una solución feliz para las clases dirigentes lusitanas.

Autonomía total

La fórmula no era, por cierto, unión, sino “agregación”, y garantizaba la total autonomía de Portugal, que conservaba sus Cortes, leyes, moneda y lengua. No hubo desembarco castellano en Portugal ni en su imperio. Todos los cargos públicos seguían siendo portugueses, y los españoles no podían emigrar a Brasil, única auténtica colonia de Portugal. Y sobre todo, el comercio con Oriente seguía siendo un monopolio luso.

En cambio sí hubo desembarco portugués en España. Desde ministros tan importantes para Felipe II como Ruy Gómez de Silva hasta cartógrafos como Teixeira, popular por su plano de Madrid, pero cuya inmensa obra fue levantar el mapa de las costas españolas para Felipe IV, pasando por artistas como Sánchez Coelho, que se convirtió en el retratista de la Corte madrileña. Los beneficios para Portugal se hicieron evidentes a principios del reinado de Felipe IV, cuando los holandeses se apoderaron de Brasil. Fue un ejército español, al mando de don Fadrique de Toledo, quien recuperó el rico país americano para los portugueses. Lope de Vega le dedicaría una de sus obras, El Brasil recuperado.

Ruptura

Sin embargo, a mediados de este mismo reinado comenzó el ocaso de España como primera potencia. Y fue precisamente la incapacidad española de defender al imperio portugués frente a los holandeses lo que propició el movimiento de independencia lusitano. No fue, en realidad, un hecho aislado, hubo movimientos separatistas en Nápoles, Sicilia, Navarra, Aragón, Cataluña y hasta en Andalucía, donde uno de los Grandes de España, el duque de Medina Sidonia pretendía proclamarse rey.

Portugal se levantó en armas y proclamó rey al duque de Braganza en 1640. La guerra intermitente duró un cuarto de siglo, y hasta 1668 España no reconoció la independencia portuguesa.

Durante el siglo siguiente, las dos monarquías ibéricas mantuvieron en general malas relaciones. Entre 1762 y 1807, España invadió cinco veces Portugal, aunque los éxitos de las armas españolas en el campo de batalla eran siempre anulados por la diplomacia inglesa en la mesa de negociaciones. A veces serán guerras de opereta, como la Guerra de las Naranjas, un capricho de Godoy, el favorito de Carlos IV, que pretendía convertirse en rey de los portugueses.

Después viene un largo divorcio de casi dos siglos. A lo largo del XIX, cuando fraguan los modernos nacionalismos europeos, el de Portugal tiene como cemento “la amenaza española”, aunque España ya no está para amenazar a nadie. Las ciudades fronterizas lusitanas, sin embargo, se fortifican como si esperasen siempre una nueva invasión española.

España, en realidad, ignora a Portugal, se olvida del vecino, como si no existiera. Solamente lo va a descubrir en abril de 1974, cuando la Revolución de los Claveles derribe a la dictadura en el país vecino. Entonces toda la España democrática se pone a cantar –y ahora sí tiene claro el porqué– “¡Ay Portugal! ¿Por qué te quiero tanto?”.

El primer virrey
Tras una temporada en que mantuvo su Corte en Lisboa, Felipe II volvió a Madrid. Para representar al rey habría un virrey de Portugal, que necesariamente tenía que ser portugués, a no ser que fuese miembro de la familia real.

El primero en el cargo fue un sobrino de Felipe II, el cardenal-archiduque don Alberto. Era un cosmopolita: hijo del emperador Maximiliano II, nacido en Viena, educado en España desde los 11 años, terminaría su vida como soberano de los Países Bajos por su matrimonio –tras colgar los hábitos– con la infanta Isabel Clara Eugenia.

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martes, noviembre 14

Felipe II, rey de Portugal (I)



(Un texto de Luis Reyes en la revista Tiempo del 18 de diciembre de 2006)

Felipe II perdió un palote y ganó un reino. Con Felipe II los reinos de España y Portugal se unifican, culminando un siglo después la aspiración de los Reyes Católicos.

Felipe II perdió un palote y ganó un reino. Las Cortes portuguesas, reunidas en el monasterio de Tomar, le proclamaron rey Felipe I de Portugal un 16 de octubre de 1581. Era la culminación de la estrategia matrimonial de los Reyes Católicos para unificar la Península Ibérica. 

Y también era el final de la más brillante jugada de la política exterior española, que tuvo a la vez algo “de herencia, de conquista y de compra”. 

La política de enlaces de los Reyes Católicos logró unir las coronas de Castilla, Aragón y Navarra, pero querían más, reunir a la Hispania romana, y echaron sus redes nupciales en el vecino Portugal. Harían falta un siglo, ocho bodas y un considerable embrollo de parentescos (véase el árbol genealógico, muy simplificado) para recoger la pesca.

La tercera generación, Felipe II y Juana, hijos de Carlos V y de Isabel de Portugal, se casaron con los hijos de João III de Portugal, María y Juan. 

Desamor
No fueron muy felices estos matrimonios. María no era precisamente guapa ni a los 17 años, y el joven Felipe buscaba fuera de casa lo que no le satisfacía dentro. La princesa lusa le lloraba a su padre y éste le escribía a Carlos V –su consuegro, triple cuñado y sobrino– trasladando las quejas de “desamor”. 

“Cuando están juntos, parecía que [Felipe] estaba por fuerza, y en sentándose, se tornaba a levantarse e irse”, le detallaba enojado el rey portugués a Carlos V, dándole también noticia de que el joven Felipe se había echado una amante en Cigales con la que tenía un hijo. María duró poco, falleció de parto cuando tuvo su único hijo, don Carlos.

Tampoco Juana disfrutó mucho su matrimonio; quedó viuda cuando estaba embarazada del primer hijo. El niño, don Sebastián, fue rey de Portugal desde los 3 años, y se pensó incluso en que fuera rey de España, en vista de la muerte de don Carlos, pero el joven monarca portugués tenía la cabeza a pájaros, y no se le ocurrió más que irse de cruzada a África. 

En Alcazalquivir don Sebastián encontró la épica que su ardiente corazón le reclamaba, la batalla de los Tres Reyes, la única de la Historia en la que han muerto tres monarcas, dos marroquíes y uno portugués. Don Sebastián se convirtió en leyenda –muchos portugueses negaban que hubiese muerto y periódicamente aparecían seudo-Sebastianes, falsarios o locos que reclamaban el trono–, pero dejó a la dinastía lusitana en vías de extinción. 

Le sucedió un anciano tío que además era clérigo, el cardenal don Enrique. Como era impensable para don Enrique tener hijos, convocó a los posibles herederos y nombró una comisión, los Cinco Defensores del Reino, para que decidiesen quién tenía mejor derecho. 

Pleito
En febrero de 1579 Felipe II recibió del rey-cardenal la “carta de notifi cación” que abría el pleito dinástico. Había cinco “pretensores”, descendientes del rey Manuel el Afortunado. Dos eran príncipes italianos sin ningún peso en Portugal. La duquesa de Braganza era mujer, un handicap en la época. Y el cuarto, don Antonio, era bastardo.

Felipe II era poderoso y vecino, tenía ejércitos y oro, y era el nieto mayor del Afortunado. La alta nobleza apostó por unir su carro al de la primera potencia del mundo, que era España. El arquetipo de ellos fue don Cristóbal de Moura, que realizó una incansable labor convenciendo y comprando a los diputados de las Cortes portuguesas. Tras la muerte de don Enrique en 1580 el bastardo don Antonio se autoproclamó rey de Portugal, pero tres de los cinco Defensores emitieron la Declaração de Castromarim, estableciendo el mejor derecho de Felipe II.

Paralelamente al apoyo de la legalidad, Felipe dio el golpe militar, larga y perfectamente preparado. El duque de Alba invadió Portugal por tierra, y don Álvaro de Bazán por mar. Más que conquista, fue un paseo militar. 

Con el país ocupado y los Defensores apoyando al español, las Cortes portuguesas, reunidas en el monasterio de Tomar, se vieron cargadas de razones y doblones para proclamar a Felipe I rey de Portugal. Empezaba el primer acto del Iberismo.

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