Cuéntame un cuento...

...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

lunes, septiembre 25

El primer rector de la Universidad de Zaragoza lo fue de tapadillo



(Un texto de Guillermo Fatás en el Heraldo de Aragón del 10 de septiembre de 2017)

Por única vez, el primer rector de la Universidad de Zaragoza hubo de ser nombrado subrepticiamente; tal era la fuerza de los enemigos de la institución.

El virrey de Felipe II (I en Aragón) residente en Zaragoza no tragaba a la Universidad, ni aun antes de impartirse la primera lección. Era un santurrón, que acabó escribiendo devocionarios, y al que los estudiantes le parecían mala gente y aspirantes a vagos. Todo, a pesar de que las universidades estaban bajo la égida de clérigos ortodoxos, nacían con permiso del papa y se gobernaban desde cargos en su totalidad provistos por dignatarios eclesiásticos, de forma que el canciller, el rector o el maestro mayor, así como sus lugartenientes eran tonsurados.

El virrey conde de Sástago espiaba los movimientos de las dos personas (física la una y moral la otra), Pedro Cerbuna y el Concejo de Zaragoza, que estaban empeñadas en que la Universidad de Zaragoza no fuera solo un privilegio concedido por Carlos I, mera tinta sobre pergamino. Se confabularon para hacerla funcionar y mantuvieron una reunión cuasi secreta, que gobernó el resolutivo Cerbuna, echándolo todo sobre sus espaldas y su bolsa. Convocó a los munícipes (cinco 'jurados' de la ciudad); al arcediano Juan Marco, especie de vicario general del arzobispo; a Pedro Ballester, hombre de confianza municipal, a dos testigos (uno de ellos, el historiador Blancas); y a un notario. Una vez allí, tras los juramentos solemnes, quedaron Marco nombrado rector y Ballester, bedel (encargado y guarda).

Virrey chivato

El virrey dio chivatazo al rey, pero debían de tenerlo bajo un fuerte marcaje, porque en la misma misiva se queja de que no le atienden y de que carece de recursos. El tono es de fastidio y, en lenguaje que actualizo, dice: «Sepa Vuestra Majestad que los jurados de Zaragoza han constituido una universidad, ocultándose de todos los funcionarios regios para que no nos enterásemos». El conde no pudo impedir que la legítima conjura triunfase al fin. Era mayo de 1583 y el asunto arrastraba una mora de cuarenta años.

Cerbuna, de acuerdo con el concejo, había redactado unos estatutos muy completos, que el virrey no había logrado ver. Dicho y hecho, aunque se acababa ya la temporada y para dar fuerza de cosa consumada a sus decisiones, nombró a los once primeros docentes de una tacada y la primera lección se impartió allí mismo, en los locales del viejo Estudio General, cercano al templo de la Magdalena. Concluida la lección del dominico Javierre, que versó sobre si era o no adecuado el término 'encarnación' para designar el misterio cristiano de Dios hecho hombre, los circunstantes recorrieron los locales, abriendo y cerrando sus puertas, bedel mediante, con lo que se simbolizó la toma de posesión.

Rector con cárcel propia

El rector sería pieza clave. Debía ser aragonés, salvo excepción justificada, y residente. Clérigo, pero no fraile, ni catedrático, ni juez, soltero, de veinticuatro años al menos y titulado por alguna Facultad. El rector, que sustituyó al maestro mayor, era el «Superior y cabeza de la Universidad y venían obligados a obedecerle todos los doctores, maestros, licenciados, bachilleres, lectores, procuradores, bedeles y otros oficiales y ministros de la Universidad, y los estudiantes de ella». Gran potestad suya era el ejercicio de la jurisdicción civil y criminal sobre los universitarios. Incluso disponía de cárcel a estos efectos, sita en la propia sede académica.

Se regulaba su vestimenta, que había de ser de clérigo, con bonete y sotana, más manteo o capa larga que diera a su figura «la honestidad y autoridad que su jante oficio requiere», uso en el que seguimos hoy. Debía vivir con recato, para ser ejemplo y «conservar el respeto que los estudiantes le han de tener». Su deber era impedirles «que no jueguen dineros, ni estén amancebados, blasfemen ni vayan a casas sospechosas, que no anden de noche viciados, que no alteren el orden, eviten las pendencias y riñas», con deber de amonestar y castigar a los infractores. De los recalcitrantes debía informar a los padres. En cuanto a los docentes, «tenga cuidado si los catedráticos cumplen con su obligación y oficio en leer la hora entera y las materias señaladas». Y si entre ellos alguno resulta autor de panfletos ilícitos, «lo tenga algunos días en la cárcel y lo castigue con pena pecuniaria y le dé más castigos si le mereciere, aunque sea echarle de la Universidad». Todo ello en juicio sumario y «sin estrépito».

La comunidad toda le estaba sujeta durante el año de su mandato, que se contaba desde el día de san Lucas (18 de octubre). Hoy, con doce meses de mandato, el rector no podría ni empezar a discurrir, de forma que se le ha alargado el plazo.

No ha cambiado la necesidad de que, como pidió Cerbuna en sus Estatutos de 1583, sea persona «de buen asiento, juicio y prudencia». Y lo del asiento, por descontado, no se refiere al sillón rectoral. Deseemos éxito al rector en el día del 475 aniversario del 'alma mater' que dirige.

domingo, septiembre 24

Si hubiera sido un puente...



(Un texto de Guillermo Fatás en el Heraldo de Aragón del 23 de julio de 2017)

Si la Torre Nueva de Zaragoza, derribada por acuerdo del pleno municipal hace ahora
125 años, hubiera sido un puente, el alcalde Sala hubiera dispuesto su reparación.

¿Pudo salvarse la Torre Nueva de Zaragoza? ¿O es una ilusión retrospectiva y anacrónica? Ningún autor defiende la decisión del Ayuntamiento en 1892, hace ahora siglo y cuarto, de derribar la torre, alzada en 1504 por acuerdo del concejo. Un fino estudio del caso es el de José Laborda Yneva, arquitecto y profesor muy interesado en la historia de los edificios. En 2004 publicó el libro 'La Torre Nueva a través de sus informes técnicos' (IFC). Los recogió íntegramente desde 1758 -fecha del primero conocido- hasta el año fatal.

No defiende la destrucción de la Torre. Con mente de naturalista, observa y describe sin tomar partido, o no visiblemente. Estudia con reposo lo que dijeron y prescribieron los arquitectos e ingenieros que repetidamente razonaron sobre el riesgo de derrumbamiento de un monumento de gran envergadura, sito en pleno centro urbano, aquejado de los males de la edad -que no siempre son terminales, ni mucho menos- y característicamente inclinado: más de dos metros y medio, que no aumentaron durante todos los siglos de su larga existencia, ni siquiera cuando se propaló la idea de su estado de ruina, derivada más bien de la caída de cascotes de la parte alta.

Los viajeros no dejaban de admirar la mezcla de belleza, funcionalidad y anécdota que era la gran y elevada torre con reloj de la capital de Aragón. De ahí que se conserven tantas imágenes suyas firmadas por artistas españoles y extranjeros, que la encontraban opulenta y altiva, hermosa y pintoresca, como construida en un siglo en que a Zaragoza se la llamó 'la harta'.

El último informe técnico sobre el estado de la construcción fue redactado en términos significativos, pero no taxativos. No se quiso encomendar a técnicos locales. La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando envió a dos de sus numerarios, de edades que rondaban los setenta años. Se llamaban Simeón Ávalos y Antonio Ruiz de Salces. La frase nuclear de su escrito dice así: «(La Torre) se halla en estado de verdadera ruina progresiva con propensión a inminente (...) si bien es de todo punto imposible fijar el tiempo que empleará en recorrer el primer periodo y llegar a este último estado».

Maneras de entender

Había, y hay, modos de entender este aserto. Por ejemplo: «Esto se vendrá abajo sin avisan>. O así -como parece preferible-: «La Torre Nueva se sigue deteriorando, pero no está en ruina inminente ni se puede saber cuándo se dará la circunstancia».

Podría, pues, haberse mantenido la vigilancia, junto con el remedio de daños visibles, como se venía haciendo: mediado el siglo, José de Yarza había reforzado la base. Eso implicaba algún riesgo, pero muchos estimaban que, de llegar la inminencia de ruina, podría advertirse a tiempo. Laborda interpreta así el dictamen de Ávalos y Ruiz: habrá que demolerla sin demasiada prisa, pero sin descuidarse.

Una pregunta procedente hubiera sido: ¿podemos mantener vigilada la Torre por un tiempo, hasta que se detecte la ruina inminente, si es que llega a darse tal cosa? Porque -añado- en 1892 ya se usaba el hormigón armado en Francia y en 1898 se dio a conocer en nuestro país, sobre todo por José Eugenio Ribera. ¿No hubiera aguantado seis años más? ¿Por qué destruirla ya, si no era obvio el desastre?

Algunos técnicos, pocos años antes (1868, 1869), habían opinado que la Torre era estable y que no debía «temerse un cataclismo». Y entre los alarmistas, los hubo que disparataron, como quienes habían achacado los males a la acción oculta de las aguas del Ebro (1891).

¿Digna de conservarse?

Probablemente lo peor fue la mentalidad de la mayoría de los ediles. En 1849 habían sido capaces de elevar formalmente esta consulta: «Si la Torre (...) es digna de conservarse por su mérito artístico». No estaban seguros.

La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando había, finalmente, recomendado convocar un concurso para reparar la Torre Nueva. Y, en el pleno municipal del 10 de febrero de 1892, el alcalde, Esteban Alejandro Sala Santanac, desveló involuntariamente su pensamiento, envuelto en una larga perorata artístico-legal, con esta frase morrocotuda: «Si se tratara de un puente sobre el río o de otra obra indispensablemente necesaria, que exigiera un sacrificio ineludible, el Ayuntamiento lo haría». Pero no para «la clase de monumento de que se trata, por más cariño que le tenga». Dos días más tarde, el pleno aprobaba el derribo, con una coletilla que por sí sola define a aquel concejo: que el Ministerio de Fomento declare si quiere a la Torre Nueva monumento nacional y que corra con los gastos.

Alguna vez he pensado si la hija del alcalde, Leonor Sala Ruiz, pagó luego la erección de las dos torres del Pilar que dan al Ebro (concluidas en 1961) movida por algún difuso cargo de conciencia a causa de la conducta paterna.

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sábado, septiembre 23

Artemisa: la pintora más importante del Barroco y su violador

(Un texto de Fátima Uribarri en el XLSemanal del 8 de mayo de 2016)

Artemisa Gentileschi es una de las grandes pintoras de la historia del arte. En el siglo XVII sobresalió con sus obras potentes, marcadas por la violencia y la rebeldía. Como su vida. A los 19 años, la violó otro pintor.

Las actas de aquel humillante proceso, que marcó dramáticamente la vida y la obra de esta maestra del Barroco, se publicaron en 2016 por primera vez en España.

“Cuando llegamos a la puerta de mi aposento, él me empujó y la cerró con llave. Me arrojó al lecho, me puso una rodilla entre los muslos para que no pudiera juntarlos y me puso una mano con un pañuelo en la boca para que no gritase”.

“Me sujetó las manos. Aunque por el estorbo que me tenía en la boca no podía gritar; con todo, yo intentaba dar voces. Le arañé la cara y le arranqué el pelo. Pero no se le dio un ardite y siguió su faena. Y después que hubo su contento se quitó de encima y yo, viéndome libre, fui al cajón de la mesa y cogí un cuchillo y me llegué a Agostino diciendo: ‘Te voy a matar porque me has infamado'”.

Apenas le hizo un rasguño en el pecho con la punta del cuchillo. Ella lloraba: «Me dolía de la afrenta que me había hecho y él para acallarme me dijo: “Os prometo casarme con vos en cuanto salga del laberinto en que me hallo”. Y con esa promesa me indujo luego a consentir amorosamente en “satisfacer sus deseos más veces”. Este relato (con detalles mucho más explícitos) es de la pintora Artemisia Gentileschi ante el juez. Declara que ha sido violada por Agostino Tassi, colega y amigo de su padre: el pintor Orazio Gentileschi.

El proceso -que se celebró en Roma entre marzo y octubre de 1612 torció- para siempre la vida de Artemisia: la pintora más popular del Barroco, una de las grandes de la historia del arte. Se publican en España sus cartas y las actas de aquel juicio escabroso, donde no faltaron los llantos, las mentiras, la compra de testigos e incluso la tortura: a ella misma, que era la víctima, le machacaron los dedos para comprobar si era cierto lo que declaraba. Para Artemisia, que tenía 19 años, fue una constante humillación; también soportó revisiones ginecológicas ante los jueces.

El asunto de la violación envolvió la vida de la artista, que ha pasado a la historia con un aura «de heroína maldita, de vida tormentosa», afirma Estrella de Diego en el prólogo de Artemisia Gentileschi. Cartas precedidas de las actas del proceso por estupro (Cátedra).

También es una de las pocas artistas antiguas que figuran en los manuales de historia del arte. Fue una de las principales propagadoras del estilo de Caravaggio. Sus obras emanaban, además, fuerza y personalidad: “Con un despliegue portentoso de texturas, tonos y maneras muy diferentes de enfrentar el relato, los cuerpos y el propio canon”, explica Estrella de Diego.

En el siglo XVII no estaba bien visto ser mujer y artista. No era costumbre que una joven se formara como pintora: no era conveniente a ojos de la moral pública que compartiera espacio con hombres. Pero Artemisia desbordaba talento. Su padre se dio cuenta y no solo le permitió pintar en su taller, sino que hizo propaganda de sus dotes: “Quizá ni los principales maestros del oficio alcanzan su saber”, escribió a la duquesa de Lorena.

Quiso Orazio que su hija mejorase. Por eso le pidió a Agostino Tassi, con el que estaba pintando los frescos para la Lonja de las Musas en la residencia del cardenal Scipione Borghese, que le diera lecciones de perspectiva.

Agostino que ya conocía el rostro de su futura alumna, pintado en aquellos frescos por Orazio tenía fama de bribón. Se decía que había estado en galeras. Había cambiado su plebeyo apellido real, Buonamici, por el de Tassi, de más relumbrón y adoptado de su mecenas, el conde Tassi. Era Agostino un paisajista notable que había estado al servicio del gran duque de Florencia, y un caradura con las mujeres: cuando se abalanzó sobre Artemisia estaba casado y la engañó para continuar la relación prometiéndole matrimonio.

Cuando lo denunció por agredir a su hija, Orazio también lo acusó de haber robado un cuadro de su taller. Y, sin embargo, en una incongruencia más, cuando Agostino salió de la cárcel en el juicio no se pudo demostrar su culpabilidad, Orazio Gentileschi retomó su amistad con él. Para entonces, Artemisia ya estaba lejos. Nada más terminar el juicio se casó a la carrera con Pietro Antonio Siattesi y se marchó a Florencia para huir del escándalo.

Pionera y rompedora

En Florencia nacieron sus cuatro hijos (solo sobrevivió una niña) y allí disfrutó Artemisia de una fructífera etapa profesional: trabajó para el gran duque Cosme I y fue la primera mujer en ingresar en la Academia del Diseño. También fue una de las elegidas para decorar la Academia Buonarotti. De esa época es su gran obra maestra Judit y Holofernes (una de las versiones que hizo), un lienzo que según algunos expertos supera al mismísimo Caravaggio. Es fácil ver en la espada que empuña Judit el cuchillo que Artemisia quiso clavar a su violador. La violencia del cuadro es tan potente que la gente se negaba a creer que la autora fuera una mujer. Lo era, una con mucho carácter. Se comprueba en sus cartas, en las que no solo reclama sus honorarios, sino que también se hace valer: «Esto le mostrará a su señoría lo que una mujer puede llegar a hacer», dice en una dirigida a su mecenas, Antonio Ruffo.

Era fuerte. Su marido, endeudado y tarambana, la dejó en Florencia. Ella siguió adelante. Regresó a Roma, vivió en Génova y Nápoles y fue alimentando su prestigio artístico. Su versión de Susana y los viejos o su Autorretrato como alegoría de la pintura fueron atrevidos y deslumbrantes. Viajó por Europa y acabó en Inglaterra, donde su padre era pintor cortesano y en la que Artemisia realizó nueve pinturas para la casa de la reina en Greenwich. Orazio murió en Londres, Artemisia regresó a Nápoles. Hay cartas a su mecenas que prueban que con 57 años seguía en activo. Y altiva. Fue brava, como Cleopatra, Judit, Diana, Betsabé, Dalila o Magdalena, protagonistas de sus lienzos. «Es un símbolo de enorme fascinación tanto por las vicisitudes de su vida como por el desarrollo de su obra», concluye Eva Menzio, compiladora de las actas del caravaggesco proceso que marcó a Artemisia.

La Artemisia sevillana

Aunque Luisa Ignacia Roldán, la Roldana, nació (en 1652) casi cuando Artemisia Gentileschi murió (en 1654), tuvo mucho en común con ella. Ambas sobresalieron como artistas del Barroco cuando escaseaban las mujeres artistas. La Roldana también se formó como escultora en el taller paterno, también tuvo líos judiciales (acudió al juez para poder casarse con un discípulo de su padre) y también triunfó en vida: fue la primera escultora de la Cámara Real (de Carlos II y Felipe V). Sus esculturas religiosas se muestran en Sevilla, Madrid, Londres, Nueva York, Los Ángeles…

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viernes, septiembre 22

El reino más pequeño del mundo

(Un texto de José Segovia en el XLSemanal del 8 de mayo de 2016)

Se llama Tavolara y se asienta en una pequeña isla de cinco kilómetros cuadrados del Mediterráneo, al sur de Cerdeña. Su soberano es Antonio Bertoleoni, más conocido como Tonino, un antiguo pescador octogenario cuyo tatarabuelo Giuseppe llegó a la isla en 1807 junto con sus dos esposas huyendo de la justicia, que lo acusaba de bígamo. Este islote poblado de cabras salvajes, cuyos dientes eran de color dorado por la ingesta de líquenes y algas, resultó el lugar idóneo para esconderse.

Con el paso del tiempo, la historia de esas cabras singulares llegó a oídos del rey de Cerdeña, Carlo Alberto, quien en 1836 organizó una expedición para cazar algunos ejemplares. Al llegar a la isla, Paolo, hijo de Giuseppe, se presentó como rey de la isla. Tras la partida de caza y varias comilonas en casa de Paolo, el rey de Cerdeña se despidió de su anfitrión tan complacido que le dijo: “En verdad, eres el rey de Tavolara”.
 
Tiempo después, Paolo recibió un documento de la Casa de Saboya que certificaba su condición de monarca del diminuto reino. La isla nunca había pertenecido al Reino de Cerdeña de forma oficial, y Carlo Alberto debió de pensar que su ocurrencia era inocua para la integridad territorial de su reino. Ni corto ni perezoso, Paolo diseñó su escudo de armas y construyó un cementerio para él y sus descendientes. Había nacido un nuevo reino en el mundo.

La noticia corrió. Victoria emperatriz británica encargó al capitán de un barco que se detuviera en la isla para tomar una foto de la familia real de Tavolara, que se conservó en el palacio de Buckingham con una frase en el marco. El reino más pequeño del mundo . Si las fuentes no mienten, el rey de Cerdeña Vittorio Emanuele II firmó un tratado de paz con la isla en 1903. Un gesto innecesario. El reino nunca ha sufrido una guerra ni una invasión. Hasta 1962, cuando la OTAN construyó una estación de radio para submarinos en una zona que quedó vedada a los tavolarenses.

Aunque la isla nunca fue anexada a la Italia moderna, el reino no es reconocido por ningún país, lo que no inquieta al jubilado Tonino, cuya actividad principal es acompañar a los visitantes de su pequeño paraíso. Mientras él y su sobrino comandan el ferry que los une a Cerdeña, su hijo, el príncipe Giuseppe, administra el restaurante familiar construido junto a la playa.

Cinco kilómetros cuadrados

Soy posiblemente el rey más ordinario del mundo , afirma Tonino Bertoleoni mientras echa un ojo a su pequeño restaurante. Mi único privilegio es tener comidas gratis , subraya este monarca, que viste pantalones cortos y sandalias.

Traslado forzoso

En Tavolara había cabras con dientes dorados por la ingesta de líquenes y algas. Casi todas se trasladaron a Cerdeña en 1962, cuando la OTAN construyó en la isla una estación de radio. Todavía quedan varios ejemplares y un puñado de halcones que sobrevuela el pico más alto de Tavolara.

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jueves, septiembre 21

¿Qué es el Consorcio internacional de Periodistas de investigación?

(Extraído de un texto de Silvia Font en el XLSemanal del 8 de mayo de 2016)

[...] un equipo de periodistas de Washington [...] lleva 20 años destapando abusos de poder de gobiernos, empresas e individuos en todo el planeta. Se trata del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), una organización sin ánimo de lucro.

Todo empezó en 1992. Charles Lewis era un prestigioso pero discreto reportero de 39 años que había dado un portazo a su trabajo -el programa 60 minutos, de la cadena CBS- porque sus jefes habían censurado uno de sus reportajes. Lewis había decidido ser él quien tuviera la última palabra y montó en su casa de Washington con un par de colegas una organización sin ánimo de lucro para investigar y controlar los servicios públicos. el entonces desconocido Center for Public Integrity (Centro para la Integridad Pública).

En esas estaba cuando asistió en Moscú a una conferencia sobre periodismo de investigación. Aquello resultó “una revelación”. En aquel encuentro coincidió con grandes figuras del reporterismo como Carl Bernstein, Phillip Knightley, Anthony Sampson “los reporteros más duros del mundo”. Allí, esos periodistas de raza compartieron sus problemas; sobre todo, la falta de recursos para seguir una investigación cuando esta se prolongaba demasiado en el tiempo. Pero Lewis reparó en algo más. “Me di cuenta de que el hambre de exclusivas de los periodistas era también un obstáculo. Era un momento extremadamente competitivo, en el que la mayoría de los periodistas se ‘comían’ entre ellos”. Así que Lewis decidió que debía crear algo, un medio, para que aquellos “caballeros jedis”, como a él le gusta llamarlos, trabajaran juntos. Y así nació el ICIJ, el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, una organización sin ánimo de lucro que, financiada mediante donaciones, lleva casi 20 años destapando los abusos de poder de gobiernos, empresas e individuos en todo el planeta.

Los principales donantes del ICIJ son grandes fundaciones como la Fundación Ford, la Adhesion Foundation o una por la que han recibido no pocas críticas: la Open Society Foundation, el brazo filantrópico del especulador George Soros. Además de las donaciones, todas ellas detalladas en su web, el Consorcio aplica lo que ellos llaman “la economía colaborativa aplicada al periodismo”. Es decir, periodistas de distintos medios en diferentes países colaboran en cada investigación. Ellos pagan a su equipo propio -que puede llegar al centenar cuando se enfrentan a una gran investigación-, pero el coste de los periodistas restantes los paga cada medio.

En los últimos años, el ICIJ ha destacado por su cobertura de los paraísos fiscales. En parte, porque su actual director, Gerard Ryle, venía de cubrir información sobre evasión fiscal en medios de Australia e Irlanda y, en parte, porque “un leak llama a otro leak”. En 2013 recibieron una información que publicaron como OffshoreLeaks; luego vino LuxLeaks en 2014; y en febrero de 2015, SwissLeaks, desarrollado a partir de la llamada lista Falciani. Reconocen que se han convertido en el ‘sitio al que ir’ si quieres filtrar algo sobre paraísos fiscales. Y así llegaron los papeles de Panamá a sus oficinas hace un año. Nada menos que 2,6 terabytes de información con las bases de datos de la firma de abogados panameña Mossack Fonseca. Once millones y medio de documentos.

[...]

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miércoles, septiembre 20

Los grandes expresos europeos

(La columna de ArturoPérez Reverte en el XLSemanal del 8 de mayo de 2016)

Muchos de ustedes los conocieron: Compañía internacional de coches cama y grandes expresos europeos, estaba rotulado sobre las ventanillas. Hasta el nombre evocaba glamour y aventura. Uno se acostaba en Madrid y se despertaba en París o en Lisboa. También podía disfrutar de una buena cena en el vagón restaurante cuando por el pasillo un empleado agitaba la campanilla anunciando «Primer turno… Segundo turno» como Louis de Funès en la película Fantomas. Llegabas descansado, duchado y desayunado. Era una forma cómoda y agradable de viajar. Un servicio que, con las limitaciones propias de los tiempos, se mantuvo operativo hasta no hace mucho. Lo caro del asunto quedaba compensado al ahorrarte dos noches de hotel por viaje; así que frente a las incertidumbres y humillaciones de los aeropuertos, el coche cama o el más económico vagón de literas ofrecían una alternativa estupenda. Nunca fui a París de otro modo mientras los trenes nocturnos de Renfe funcionaron. Me gustaba ir en ellos. Por desgracia, esa compañía que antes llamaba pasajeros a los viajeros y ahora los insulta llamándolos clientes suprimió el de París, condenándonos al avión. Pero mantuvo el de Lisboa. Y en él viajé el otro día. Para mi desdicha.

Eran los mismos vagones de la última vez, hace cinco o seis años. Pero con el deterioro, no reparado por nadie, de todo ese tiempo. Una especie de caspa ferroviaria. Subí al vagón con desasosiego al comprobar el escaso mantenimiento general. No había ningún empleado en el andén, así que busqué mi departamento y me metí en él. Al rato apareció un señor portugués bajito y se quedó parado en la puerta, mirándome con cara de preguntarse qué haría allí aquel pringado. Me pidió el billete de ida –rompió el de vuelta al cortarlo con mucha torpeza– y le di una propina generosa, natural para alguien que supones, según las viejas tradiciones de los coches cama, que va a ocuparse de tu bienestar durante toda la noche. Y confieso que su expresión de indiferencia al guardarse el billete me alarmó. Va a dar igual que me des propina o no, decía aquel careto. Para lo que hay.

De lo que había -especialmente de lo que no había- me iba a enterar pronto. De momento observé que el cuarto de baño no ofrecía más que una toalla cutre, una botellita de agua con un vaso de plástico rajado y un neceser elemental, querido Watson. Luego, al poner un libro en un soporte de plástico, el soporte se partió con toda la naturalidad del mundo, llenándome la moqueta –que era raída y algo mugrienta– de incómodas esquirlas. Decidí consolarme en el vagón restaurante con una cena razonable, así que salí al pasillo y busqué el vagón, sin encontrarlo. Pero di con el bar. Allí estaba el empleado bajito de antes, transformado en camarero. Seguía teniendo una gracia como para bailar sevillanas. Por suerte había otro camarero portugués alto, más simpático, que a mis preguntas respondió que ya no había vagón restaurante, y que para comer algo estaba aquel bar. Y qué tiene el bar, pregunté; a lo que respondió señalando melancólico un rincón donde había exactamente un minibotellín de vodka, otro de whisky y otro de anís del Mono, dos kit-kat, galletitas saladas y dos donut. Entonces, de vinos ni le pregunto, dije. Hace bien, respondió el camarero, porque sólo tengo una botella de vino blanco. Pero puedo ofrecerle un filete a la plancha. Me lo puso, y tras varios asaltos dejé el vino intacto, el filete a la mitad y el cuchillo doblado encima.

De regreso a mi departamento vi que una puerta estaba abierta, como en las películas de espías. Iba y venía con el traqueteo del tren. Es justo lo que faltaba, pensé, para que todo sea igual que aquellos trenes cutres de los años cincuenta en los países del Telón de Acero. Por supuesto, no había ningún empleado a la vista. Cerré la puerta preguntándome si alguien se habría caído por ella, y me fui a dormir. En peores trenes viajaste, me dije. Tómalo con calma. Por la mañana, a una hora de Lisboa, me puse bajo la ducha, abrí el grifo y no salió más que un débil chorrillo de agua fría, luego un gorgoteo agónico y por fin, nada. Silencio administrativo. Ingenuamente había empezado a enjabonarme, así que me enjuagué al estilo Sarajevo, con la botellita de agua y otra que, previsor, había comprado en la estación. Después de vestirme reincidí en lo del bar. Los tres minibotellines y los donut habían desaparecido. Pedí un café con leche y el kit-kat que quedaba. Ya sólo falta que me canten un fado, pensé. Los camareros. Que no se me olvide darle las gracias a Renfe por esta noche deliciosa.

Y aquí me tienen, oigan. Dándoselas.

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lunes, septiembre 18

¿Es Felipe VI rey de Jerusalén?

(Un texto de José Segovia en el XLSemanal del 3 de abril de 2016)

El 19 de junio de 2014, la ciudad de Jerusalén estrenó nuevo rey en la persona del Monarca Felipe VI, que ese día llegó al trono español.

Al mismo tiempo que Juan Carlos I abdicaba como rey y le entregaba a su hijo Felipe la Corona de España, también le cedió una lista de más de treinta títulos nobiliarios, entre los cuales se encontraba la Corona de Jerusalén. Pero ¿existe ese reino? En realidad, no existe desde el siglo XIII, aunque España mantiene su Corona desde tiempos de Fernando el Católico.

La historia comenzó en 1095, cuando el Papa Urbano II hizo un llamamiento a los mejores caballeros de la cristiandad para que engrosaran las filas de una Cruzada contra los ejércitos turcos y fatimíes que acosaban a los cristianos en Bizancio y en Tierra Santa. Desde Europa, unos 50.000 combatientes se encaminaron a Jerusalén, a donde llegaron el 7 de julio de 1099 bajo el mando de Godofredo de Bouillon.

A continuación, los cruzados perpetraron una terrible matanza entre los habitantes de la Ciudad Santa. No quedó vivo ningún musulmán ni tampoco ningún judío. Estos últimos murieron quemados dentro de su sinagoga. Los tres días de rapiña y asesinatos culminaron con el ofrecimiento del título de rey de Jerusalén a Godofredo de Bouillon, que declinó la oferta, aunque sí aceptó el cargo de protector del Santo Sepulcro. A su muerte le sucedió su hermano Balduino I, que fue coronado como primer rey de Jerusalén.

Cuando Saladino reconquistó Jerusalén, el reino se mantuvo vivo en la cercana ciudad de San Juan de Acre. La Corona pasó de generación en generación hasta que María de Antioquía, esposa del emperador de Bizancio, la vendió en 1277 a Carlos de Anjou, rey de Nápoles. Catorce años después, el sultán Khalil, con un ejército de mamelucos, capturó San Juan de Acre, lo que dejó sin tierras a la Corona de Jerusalén, aunque el trono siguió vinculado al de Nápoles.

En 1504, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, conquistó Nápoles para el rey Fernando el Católico, que se hizo de esa forma con la Corona de Jerusalén. Carlos V se la concedió a su hijo Felipe II cuando este se casó con María Tudor. Felipe II dejó huella de su reinado en Tierra Santa en los medallones de piedra del Monasterio de El Escorial. Y así ha llegado el título de rey de Jerusalén al Monarca actual, Felipe VI.

Un dato que tener en cuenta
El Rey de España engloba todos los títulos que los monarcas han acaparado a lo largo de la historia. Nuestra Constitución reconoce esos títulos, pero no explícitamente, limitándose solo a señalar que están tradicionalmente vinculados a la Corona.

El saludo de Shimon Peres
Cuando se encontraba con el Rey Juan Carlos I, el presidente de Israel -Shimon Peres- siempre decía lo mismo. “El monarca de los Santos Lugares” , dando a entender que todavía se le reconocía como rey de Jerusalén.



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